Fábrica de pobres

Fábrica de pobres
Todavía olía a Selva Lacandona. Seguía flotando en el ambiente de las calles de todas las ciudades de nuestro País ese tufo a error de diciembre, a retórica comunista de un encapuchado, a discurso de 6 de marzo de un candidato presidencial malogrado, a Grupo San Ángel, a tecnocracia, a reinado de la versión vernácula de los Chicago Boys, a NAFTA…

Olía así. Ese ambiente que respirábamos hace exactamente 23 años. Toda una generación pasada, o perdida... Olía, decía yo, y en ese contexto en el que hasta Jacobo Zabludovsky remachaba la palabra modernidad como avatar de los tiempos que se vaticinaban para México, vino una de esas tardes del año 95 en que el gran Jorge Camil, con su costumbre frecuente de regalarme libros de alto interés, me entregó un ejemplar escrito por Julieta Campos cuyo título no podía ser más perturbador.

¿Qué hacemos con los pobres? Seco, metálico, devastador cuestionamiento (así es, el dilema no es una novedad original de la cuarta transformación). Julieta discurría, a través de cientos de páginas, por un camino ominoso de un país que elegía precisamente el sentido equivocado –contrario- para abatir la pobreza como fenómeno lacerante y vergonzante. Describía, con precisión quirúrgica y con fundamentos devastadores, todos esos pasos que fuimos siguiendo desde la cúpula del poder, la mezquindad de los negocios jugosos y la indiferencia nuestra, para radicalizar la esquizofrenia social, para profundizar las diferencias, para generar las condiciones que promovieran aún más la brecha de ingresos en perjuicio de las mayorías. En fin, para fabricar más pobres.

Ya sabíamos en esa época que había, por ejemplo, millones de niños trabajando en vez de estar estudiando. Ya sabíamos que, además, sus trabajos eran peligrosos, insalubres, esclavizantes. También sabíamos que a muy pocos siquiera se les entregaba algún estipendio. Ya sabíamos hace 23 años que de manera artera estábamos lesionando su vida, sus derechos, su dignidad… Que les estábamos mutilando las terminales nerviosas de su derecho fundamental a perseguir un sueño, a crear riqueza, a decidir su destino, a alimentar su resentimiento para la hora que a ellos les tocara la oportunidad de empujar, desplazar, pisotear.

Ellos, hoy ya son mujeres y hombres privados de opciones, con un destino estrecho que implica luchar a muerte todos los días por conseguir el mínimo indispensable para sobrevivir; descogotándose por un salario mínimo insultante, por una despensa y una limosna periódica. Esos millones que contabilizamos cada año y cada año siguen siendo más pobres, sin importar la frecuencia con la que aparezca su estadística en discursos de campaña, en conferencias y seminarios, en reportes al gran público inversionista.

¿Qué hacemos con los pobres? usted se preguntará y le preguntará, me imagino, a su amigo que esté a la mano. ¿Qué hacemos? como satirizaba Luis Estrada en su película Un Mundo Maravilloso, y comunicaba con la espectacular elocuencia histriónica de Cecilia Suarez, Carmen Beato y Damián Alcázar. ¿Qué hacemos? Porque para unos significa un reto por resolver, vidas por incluir; y para otros, un elemento (humano) por eliminar: para no pensar en ellos, para no entorpecer los proyectos de la modernidad que generan utilidades ensombrecidas por esas lamentables e inconvenientes historias de pobreza.

Parece ser que precisamos de sacudir la cabeza y pensar de nuevo, pues una posible respuesta a una pregunta tan draconiana debe tener tintes de influencia relacionados con la idea colectiva; con construir un modelo de convivencia radicalmente distinto, para compartir entre nosotros y reducir su nivel de pobreza, para no desarrollarnos asimétricamente. No es crecer ni progresar, lector querido, es aprender a desarrollarnos compartiendo, considerándonos, respetándonos, sumándonos, en fin, para multiplicar en beneficio colectivo.

Progreso. Modernidad. Incursión en el primer mundo. Cifras macroeconómicas, disciplina financiera. Buenos chicos, pupilos de los organismos internacionales… Más pobres en número y dimensión, más niños trabajando empeñando su futuro ante el anatocismo social. Regímenes de derechas, centros e izquierdas. Gobernantes multicolores que hasta hoy siguen prometiendo el paroxismo de la justicia. Empresarios cupulares. Dependiendo del ventrículo del corazón con el que usted se relacione con el régimen prevaleciente de los últimos cuarenta años, existen, diría yo, excusas verbalizadas como excluyentes de responsabilidad atribuidos a presidentes, legisladores e integrantes de la cúpula del poder en turno…, pero nadie responde con acciones ¿qué hacemos con los pobres? Veinte y cien años después. Una pregunta tan perniciosa como la realidad que encierra...

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Facebook: Alfonso Villalva P.


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