Una de Padres...

Quizá tú, lector querido, me puedas ayudar a dilucidar este enigma. Es una suerte de

acertijo tumultuario que en lo quita un poco el sueño cada vez que el calendario toca

una de estas chocarreras fechas de celebraciones cliché que parecen tener el tino de

mover a la raza para volcarse en un afán comunicativo incesante, que contrasta con la

pasividad con la que viven por aquí los colegas durante el resto de los días del año.

Un acertijo urgente de resolver, pues. ¿Cómo cuadrar la realidad que nos rodea, los

hechos violentos cotidianos, los miles de millones de pobres en el planeta, las niñas

abusadas, los niños esclavizados, los jóvenes frívolos adictos a los juegos electrónicos,

a las pastillas, a las drogas sintéticas, a la anarquía light y a la ignorancia; los adultos

egocéntricos, corruptos, fanfarrones, impunes... Cómo cuadrarlos con esta gama

inacabable de miles y millones de mensajes aduladores de padres perfectos,

impolutos, abnegados, decentes y entregados.

Llevamos décadas de normalización del narco en nuestra sociedad, de familias

“respetables” acaudaladas gracias al erario, de vivir en la zozobra del secuestro, el

asalto a mano armada, el “levantón” de menores, pero resulta que todos los padres

son perfectos.

Sin falsas pretensiones impregnadas de moralina, cómo efectuar, por ejemplo, la

correlación matemática entre el número de mensajes laudatorios al padre, que en

estos días abruman y saturan los medios y cada una de las redes sociales -incluso los

chats de Telegram, WhatsApp-, y el número creciente de demandas en los juzgados

civiles o penales en las que se denuncia la violencia cobarde y el abandono total a las

obligaciones paternales de prestar alimentos, ya no digamos las humanas de dar

tiempo, guía, consejo, amor o compañía.

Si a esas demandas agregamos el número creciente de adultos mayores que están

relegados en casa a ser un estorboso mueble más en el paisaje doméstico, o que

terminan en cualquier institución o asilo en la más lamentable soledad y miseria,

esgrimiendo una lucha diaria por comer y no mancharse la ropa, a riesgo de ser

insultados por sus vástagos.

Y por qué no agregar a esta ecuación bizantina a los que sin denuncia de por medio y

en silencio, han ido minando el potencial y existencia de quienes ya convertidos en

adultos protagonizan esta sociedad bastante abyecta, desprovista de valores, merced

a la abdicación paterna de las responsabilidades, para proponer una amistad

políticamente correcta con sus hijos, renunciando cómodamente a sus deberes,

otorgando medalla y trofeo por participar y no por ganar, democratizando

perversamente las decisiones Fundamentales de la vida del producto de sus códigos

genéticos -sus hijos-, para evadir la carga de educar, tomar decisiones y hacerse cargo

de sus consecuencias, y ya de paso disfrutar su derecho a estar "fit", a practicar su

deporte favorito de fin de semana, a las bacanales que le impiden levantarse temprano

para llegar a tiempo al partido de fútbol, de básquet, o el ensayo musical; a los delirios

de sus irrefrenables instintos carnales que transitan ente la comadre, una madre de

familia del colegio, la maestra o la secretaria.

Y ya como ingrediente más extremo, los que, abusando de la inocencia, debilidad y

credulidad de sus hijos, les han explotado poniéndolos a trabajar, ya en la calle, ya en

la fábrica o el campo, ya en la televisión o algún deporte profesional, para lucrar con

su descendencia y evitar el mal gusto de tener que trabajar ellos mismos. O el que

funda dos o hasta tres familias a la vez; el que una vez aburrido de la madre migra a

otros lechos menos demandantes, más placenteros, dejando por detrás al producto de

sus ansiedades carnales que ni deseó ni apreció jamás. O el que marcó la infancia de

esos niños a bofetadas, insultos, amenazas. El que los descuidó a tal grado de dejarlos

a merced de los reclutas del narco, del tráfico de personas...

Entonces lector querido, dime tú, cómo diablos comprendemos esos mensajes

laudatorios; hasta qué punto son un acto de contrición filial y de arrepentimiento, o

una declaración de la realidad ficticia que ayuda a conjurar un maldito recuerdo, un

desgraciado resentimiento, un grito ahogado clamando la injusticia de no haber

contado con la figura paterna de cuento de hadas que cada quien le hubiese gustado

contar en la verdad. Hasta qué punto son una aguja intravenosa cargada del suficiente

somnífero para borrar memorias de un arponazo, para imaginar mundos más

perfectos, para oficializar la hipocresía.

Quizá es la falta de honestidad o de vergüenza, o más sencillamente, de la calcinante

realidad de no haber tenido al más sabio, más bueno, más trabajador, más respetuoso

y mejor humano como ejemplar de padre. ¿Acaso la envidia malsana a quienes si le

tuvieron? Quizá la vergüenza de ser descubierto en caso de no anotarse en la lista

incesante de retratos en sepia o en colores setenteros de un tipo sonriente que, ya

para estos momentos, está quizá bien muerto sin oportunidad de ser visto como fue

en realidad, está distante en tierras insospechadas, es un viejo ya decrépito,

abandonado en su propia suciedad y miseria, ya como un estorbo. Como dijo Chava

Flores: “cuando vivía el infeliz ¡ya que se muera! “Hoy que ya está en el veliz, ¡qué

bueno era!“.

Quizá la correlación, querido lector, es tan clara y evidente que se vuelve escalofriante

pensar que un alto porcentaje de las loas al padre, de las presunciones de los hijos

pródigos, amorosos y perfectos, no son más que otra de esas macabras mentiras

silenciosas y encubiertas de sonrisas y emoticones, que conforman parte de la lápida

que nos está asfixiando como sociedad desesperada, extraviada y relegada a una

soledad que ocultamos en la falsa promulgación de nuestra felicidad teórica.

Quizá no hay que ser pitonisa para comprender que hemos adoptado las estampitas

electrónicas, las fotos color sepia, los dichos sin comprobar y las historias sin

esclarecer, “remasterizando” las apariencias y los baños de pureza, a cambio de la

monserga de ser buenos padres, responsables y dedicados a educar ciudadanos

capaces de construir un mundo de paz, respeto y progreso compartido. Que asuman

las consecuencias de sus actos y la responsabilidad de construir un mundo incluyente

y próspero.

Pues sí, lector querido, al parecer todo eso da mucho que hacer, y nos hemos

acomodado negando nuestro galope al infierno, porque hacerse cargo no genera likes

ni sonrisas hipócritas congeladas en esos eventos sociales con grandes amigos que

también reportamos puntualmente en nuestro "time line". Pues eso, y que viva el día

del padre que nos engendró, y de la madre que nos parió...

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.



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