POESÍA LEGAL

La poesía se manifiesta en diversas formas. Se reconoce la poesía porque el autor se hizo el propósito de enviar un mensaje y arroparlo con un traje que además de cumplir su objetivo, conllevara belleza, arte y placer en la lectura.

Los poetas son seres sensibles; tienen formas de decir las cosas que trascienden el lenguaje común. Los poetas experimentan sensaciones, perciben colores, sonidos, que a los demás nos pasan inadvertidos. Por ello, los poetas tienen el sino de la inmortalidad; su arte, oficio y pensamiento, se plasma en textos que se desprenden de su autor y navegan por el mundo de los lectores o de los escuchas, diseminando notas pasionales que incitan, entre otras, al gozo o al dolor.

Algunos legisladores, muy contados, por cierto, fueron iluminados con este talento y privilegio. Cuando redactaron reglas, leyes, decretos; en ocasiones fueron inspirados por la luz de los dioses de la poesía y pusieron cierta impronta traviesa en su producción jurídica.

En esas afortunadas ocasiones, las leyes se tornan en algo sublime. El doble propósito de toda regla, de conducir la convivencia por buen camino y hacerlo con elegancia, da como resultado un placer para quién toma contacto con el producto.

Seguramente, su arte tendrá como resultado un mejor destino para la regla promulgada, es decir, cumplirá con creces su misión de hacer un mundo mejor.

Desde la antigüedad, ha habido casos de expresiones legales que trascienden el mero objetivo de prevenir, regular, castigar; en fin, ordenar la vida comunitaria e ingresan a las praderas fértiles de la poesía, en las que no solo se vive, sino que se goza la vida, donde se llena el pecho de oxígeno puro, nutritivo, vivificante. Un paraje donde el cuerpo flota de placer dual, el de cumplir su propósito y de lograrlo con felicidad.

De hecho, según el etnólogo Huizinga, la historia del derecho ha dedicado especial atención a los vestigios poéticos del derecho en suelo germánico. Es muy conocido el pasaje del viejo derecho frisón donde una disposición acerca de vender la herencia de un huérfano se explica en lo que el describe como "lírica aliteración".

Para Huizinga no es un juego, sino más bien que la formulación del derecho residía todavía en esa destilada esfera espiritual donde la elección poética de las palabras constituye la expresión natural. Esto es así porque la forma métrica en casi todas las viejas doctrinas es motivada por la utilidad, según la cual, la sociedad que carece de libros conserva mejor en la memoria los textos rimados.

Desde el Código de Hammurabi, el Fuero Juzgo, la Declaración de los Derechos del Hombre, los Sentimientos de la Nación, nuestras constituciones de 1857 y 1917, siempre ha habido ejemplos con cierto ingrediente de poesía. El derecho y el arte se hermanan para dar un producto sublime.

Hace unos cincuenta años, tuve el privilegio de escuchar una conferencia del maestro Fernando Castellanos Tena, eminente penalista. Era un magnífico orador y acostumbraba terminar sus clases y conferencias con una nota estrambótica a la manera de Juan José Arreola. Aquella ocasión terminó declamando de manera

impresionante, una parte fundamental del artículo 14 Constitucional. Desde entonces he tenido la intención de hurgar en la legislación para encontrar aquellos destellos de luz poética que iluminaron a algunos legisladores privilegiados, escogidos de los dioses.



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