Pilatos bien pagados

El ser humano es un ente social; requiere la proximidad, la compañía para realizarse. Las personas buscan la cercanía, la relación con aquellos que comparten ciertos puntos de vista, gustos y, para qué negarlo, posición social y otras características ya ahora políticamente incorrectas. 

La soledad puede ser triste, aunque también una oportunidad para la meditación y ordenamiento de la vida. Dicen que uno de los infortunios más sensibles de la vejez es la soledad y debe ser cierto. Pero ese es otro tema.

Los humanos son proclives a tratar categorías enteras de otros humanos como medios para un fin o molestias que hay que erradicar o cuando menos mantener lejos, aun cuando se reconozcan cualidades a ciertos individuos. Alguien dijo por ahí de Bukowsky, me parece, que era muy buen escritor, pero que no lo invitaría a cenar a su casa. Las coaliciones establecidas por raza o credo buscan imponerse sobre coaliciones rivales. Lo raro siempre es sospechoso y hay que mantenerlo a raya. La raza siempre es un ingrediente más o menos aparente en el medio laboral, profesional y hasta político. Dice Steven Pinker que los varones tratan de controlar el trabajo, libertad y sexualidad de las mujeres. La gente traduce su inconformidad con aquella sexualidad que no se ajusta a sus preferencias, con argumentos moralistas. Racismo, sexismo, homofobia; su vigencia ha sido ancestral, ahora algo atenuada con la promoción de los derechos humanos y la igualdad.

Es natural entonces que, al agruparse personas con matices similares, tiendan a excluir a los demás, a los que no son como ellos. Por supuesto que una cosa es la distancia teñida de tolerancia y otra es la amputación de un miembro de la sociedad global por salirse del cuadro. Los infieles, los de otro barrio, los de otras preferencias sexuales, de distinto color de piel, de vestimenta diferente. Hay tantas diferencias como personas y nada justifica la discriminación y la negativa a otorgar iguales derechos a todos por igual.

Indudablemente, el mundo entero ha entendido que debe no solo establecerse sino promoverse la igualdad y la no discriminación. Si se acepta que todos somos iguales, evidentemente tendremos las mismas obligaciones y los mismos derechos. 

Desde su primer artículo, nuestra Constitución condena toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, género, edad, discapacidades, condición social, condiciones de salud, religión, opiniones, preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana o tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas. 

Para estas alturas todo adulto debiera tener una opinión formada respecto de la pretensión de admitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, con todas las consecuencias legales y sociales que esto conlleva: la adopción, el derecho a una pensión, a la herencia y donaciones exentas de impuesto entre cónyuges, a la membrecía familiar en algún club, etcétera. No es un asunto nuevo. Por ello extrañó que un número importante de diputados del Congreso local se haya abstenido de pronunciarse en un sentido u otro cuando se llevó a la discusión la iniciativa para homologarla al criterio de la Suprema Corte, de otros estados y de muchísimos otros países.

Uno pensaría que la calidad de diputado conlleva entereza y carácter. Es inaceptable que un representante del pueblo arguya falta de tiempo para analizar el tema y tomar una postura. En todo caso, un voto razonado hubiera sido lo propio, que definiera su campo en lo general, con reservas si hubiera aspectos de la iniciativa que no estaban totalmente desahogados o esclarecidos. Es lamentable escurrir el bulto.



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