Optimismo

Ante toda circunstancia la persona toma alguna de dos actitudes: la del optimista o la del pesimismo. La del vaso medio lleno o la del medio vacío. 

Dentro de esos dos polos, hay infinidad de matices intermedios, pero en alguna forma cuando analizamos la postura de alguna persona, podemos razonablemente calificarla como optimista o pesimista.  De hecho, sería casi imposible tener una posición totalmente intermedia, de análisis químicamente puro, que no tuviera una conclusión definida.

Bueno, sí la hay. Algunos críticos, no solamente de arte sino de cuestiones científicas, son expertos en el arte del "sí pero no", del tiene esto y tiene lo otro, pero también tiene todo lo contrario. Este es un artificio para no anteponer una decisión respecto al problema y endosarlo al lector. Una forma muy hábil de escurrir el bulto y presentar el análisis como algo con todas las medallas de ser objetivo. Todos caemos en cierto modo en este pecado; confieso que igualmente incurro en esta práctica; la tibieza es muy cómoda, pero en mi caso no se debe muchas veces a falta de entereza, sino a indecisión. 

Me desvío del tema. Al afrontar una situación que exija cierto grado de predicción, pues, tomamos el partido del optimismo o del pesimismo.  Hay muchos factores para condicionar nuestra afiliación a uno o al otro equipo, al Cruz Azul o al América. No solo el frío análisis de las circunstancias y de los factores que están involucrados en la situación observada o experimentada, sino también nuestra afición heurística por el personaje optimista, alegre, ganador, sonriente, echado para adelante, contra el sombrío, romántico, oscuro, masoquista; este último muy socorrido en las películas europeas de la posguerra.

Pasar unos años en Paris, alcoholizado, muriendo de hambre y de frío en una buhardilla, parece muy romántico y los autores que produjeron en esas condiciones, presumían en cierto modo de ese entorno. Igual, Johnny Cash capitalizó con creces su brevísima estancia en la cárcel como fuente de inspiración. Los políticos, de Abraham Lincoln a la actualidad, gustan de acudir a sus raíces de pobreza y privaciones como sustento de su energía para superarse.

En última instancia, en la búsqueda de la felicidad, debemos inclinarnos por el optimismo, pues su contrapartida produce tristeza, por más que en una voltereta de las aficiones, la melancolía genere placer, lo cual ocurre, y más frecuentemente de lo que pudiéramos suponer.

Me inclino por el optimismo. Por ejemplo, ante la pandemia, hay posturas claramente pesimistas; algunas no pueden ocultar sus motivos partidistas o filosóficos. Gozan cuando hay mas muertos en México que en otros países y lo utilizan como prueba contundente de su postura. Los optimistas a ultranza, por contrario, todo lo ven color de rosa; por ello se les acusa de alterar cifras para presentar cuadros manejables, minimizan los contratiempos de un esfuerzo de esta envergadura, que los tiene que haber, por más que se quieran ocultar y en fin, pudiéramos decir que son posturas extremas, polos opuestos, visiones encontradas respecto de un mismo fenómeno.

Por mi parte, me inscribo en el campo del optimismo. Pero no de un optimismo complaciente, como la expectación de un niño ante el regalo de navidad, sino un optimismo condicionado a realizar las acciones pertinentes para lograr el cuadro feliz que la propia visión positiva se ha propuesto. 

Ante la pandemia, ante al cambio climático, ante la arbitrariedad, la pobreza, la discriminación, la desigualdad, soy optimista, pero consciente de que la superación requiere esfuerzos, y muy grandes, para lograr avances que redunden en un mundo mejor. Estoy dispuesto a emprenderlos.



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