La colonización

Desde la Lerdo

El fenómeno de la colonización implica una subestimación de cierto sector de la población en razón del lugar de origen o de asentamiento. Es decir; el originario de las colonias es subdesarrollado, salvo prueba en contrario. Para sobresalir requiere ir a la capital o a la zona central y de ahí proyectar su imagen de regreso a la colonia. En nuestro país, toda carrera trascendente se ha logrado poniendo un pie en la capital. Probablemente, la excepción sería la avanzada revolucionaria que los sonorenses produjeron, prolongada y exitosamente, de manera contraria a la tendencia usual de que las cosas funcionan desde la capital hacia la provincia.

El estado actual de las comunicaciones pareciera extinguir o cuando menos atenuar esta tendencia, ya que el origen de una información o de una directriz bien puede venir de la oficina de a un lado, como de miles de kilómetros de distancia, con la misma inmediatez y presencia. Bueno, esto es para los que nacieron bajo el imperio de las nuevas tecnologías, porque los de mi generación tienen muy presente la cuestión de la lejanía y todavía amplían el volumen de su voz de manera proporcional a la distancia de la llamada telefónica que realizan.

La colonización también conlleva cierta relación consentida de subordinación del colonizado hacia el principal que se manifiesta en un abandono de las decisiones importantes, por apatía o flojera, para que las asuma el principal. Igualmente, la sabiduría se deja a cargo del principal y el colonizado únicamente aporta ciertas situaciones coyunturales o menores a temas que normalmente desarrolla, a su estilo y lenguaje, el enviado del centro que derrama sapiencia para beneficio de los súbditos.

Cuando la Baja California era territorio, los gobernadores eran delegados del presidente, que los seleccionaba con criterios muy personales. Evidentemente provenían de todas partes menos del propio territorio. Es natural, que por más que pudieran acogerse y adoptar la tierra de su misión, impusieran su forma de trabajar, contactos y lenguaje a tono con su origen.

El problema más serio es cuando el colonizado acepta expresa o tácitamente la subordinación, el yugo del principal y simplemente abandona el campo en favor del poder central. Esto tiene muchas variantes y van desde fincar todo proyecto en el suministro que se espera del centro, pactado o extraordinario, y desde luego, transferir la responsabilidad del resultado en la oportuna o tardía asistencia del centro. En ocasiones, la colonización se manifiesta en expresiones que parecieran bravatas, como la de cierto gobernador que amenazó con regresar todo el ramo de educación al poder federal, por no poder afrontar el gasto correspondiente.

Por su parte, el centro argumenta que los poderes locales devienen en cacicazgos, que se despreocupan por la autosuficiencia y para todo recurren a la federación para resolver sus problemas. No es extraño, entonces, que en determinada administración, se opte por designar superdelegados que abiertamente sean el enlace para encauzar los recursos federales hacia los estados, con el valor entendido y en ocasiones manifestado abierta y hasta burlonamente, que éstos no lo hacen por sí mismos.

Otra cara de la colonización, es cuando se descarta de entrada la capacidad de los habitantes de las colonias para asumir puestos de responsabilidad, y se adopta una política de nombramiento de personas que tienen el mismo origen que el principal, para que vengan al rancho a realizar el trabajo que los locales no tienen aptitudes para hacer.

Esta situación se da a todos los niveles. No es extraño que cuando el gobernador procede de determinada zona del estado, su equipo de trabajo esté constituido mayoritariamente por coterráneos, inclusive a estratos intermedios de la administración, lo cual en un análisis objetivo sería una manifestación de cierto prejuicio.

Al fin y al cabo, lo que importa es que las cosas funcionen, y funcionen bien, sin ahondar en conflictos de tasas territoriales de poder, que no llevan a nada mas que a distanciamientos improductivos. Las rivalidades territoriales son divertidas en el ámbito deportivo, pero no deben tener mas valor que el anecdótico en la administración pública. El funcionario bueno puede ser originario de San Quintín, Algodones, San Felipe o La Presa. Lo importante es su cualidad de persona, sus valores, su ética, su visión de trascendencia y prioridades, habilidad para trabajar en equipo, disposición para ser parte de un plan general, generosidad en los triunfos y valor para asumir los descalabros. Nuestro estado requiere de estos, no importa de donde vengan.



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