Igual que siempre

Alfonso Villalva P.

Un día como hoy, no debiera tener nada en particular. Los índices de contaminación se

comportan igual que en cualquier otra fecha, los policías de a pie extorsionan a los

conductores como cada día del año, sin variación. Los legisladores no entienden ni su

nombre, mucho menos el reto técnico de legislar, como siempre, como cualquier día.

Como es común, hay discursos y declaraciones ricas en calificativos y, sobre todo, en

atentados contra el castellano. Como cualquier día, hay tráfico, luces de neón,

prostitutas en la calle, coyotes en plena defraudación.

Como cualquier día, este país sigue su marcha. Como cualquier día, gente vende, gente

paga, gente ayuda a otros, gente se convierte en héroe vecinal. Igual que otro día

común, amanecen muertos en las calles, se incendian fábricas insospechadas,

entrevistan en la radio a gente honrada que devolvió una billetera repleta de dinero,

encontrada en un taxi; salen los delincuentes en libertad, dirigidos hacia la impunidad,

como en cualquier día.

Así, común, corriente, parece el devenir. Hasta que los spots publicitarios alcanzan el

punto deseado muy dentro de mi cerebro, y mi organismo comienza a soltar

sustancias indefinibles que me aflojan, me ablandan; me arrastran con esas imágenes

de modelos a la moda y tal, a la sensibilidad esperada, al espíritu nostálgico de tu

presencia, de tu carmín, de tu tacón alto. Así, común, corriente. Hasta que me siento en

la banca de un parque público, y cierro los párpados con violencia para verte, para

repasar la topografía de tu rostro una vez más. Para recordar esos labios carnosos

cuando articulaban furiosamente mientras de tu boca salía una voz que hasta en la

beligerancia seguía erizándome la piel, seguía dilatando mis pupilas envueltas en la

ensoñación.

Otra vez, con los párpados apretados, sigo, milímetro por milímetro, ese rostro que

tantas veces amaneció junto a mi cabeza en la almohada de algodón; tu rostro tierno,

cálido, delicioso. Tú rostro que tantas veces contemplé antes de que despertaras, en

estado de abstracción total, en absoluto asombro de la naturaleza que lo creó, que lo

hacía expresarse elocuentemente mientras eras mía, mientras tu cuerpo se fundía en

mi piel con ese abandono animal tan femenino que nunca pude acabar de dilucidar.

Y allí, en la banca del parque, traté de constatar que nada era diferente, que todo era

como cualquier día. Sin embargo, ahora fue el olfato el que me traicionó, y por un

instante fugaz, pude percibir el aroma de tu perfume, el olor de tu piel. Y casi pude

palpar también su textura, su humedad, su temperatura siempre superior a la mía,

salvo en la nariz, en los pies y en otras zonas de tu exuberante humanidad.

Y te extrañé, lo confieso, sentí la dimensión real del vacío negro que dibujaste en mi

destino, de la maldita soledad que me empeña en su fomento, en el aislamiento para

mantener a esa amiga –la soledad- que, siempre fiel, está presente, a mi lado, cuando

me hace falta sonreír y verte caminar de un lado a otro de mi habitación, semi

desnuda, bebiendo jugos naturales, furiosa porque un kilo de más o

el manicure arruinado, habían sido capaces de cambiar tu ánimo positivo matinal, en

una sucursal caminante del infierno.

Te extrañé Maribel, maldita sea. Y extrañé también esos domingos de toros en barrera

de segunda fila, extrañé el Davidoff que te recetabas cuando había buen salario,

extrañé también tus manos en mi rostro en gesto de admiración, de entrega.

Te extrañé rabiosamente, en este maldito día en que la gente pasa más tiempo

haciendo romancitos cursis, participando en concursos telefónicos idiotas,

zarandeándose con la inverosímil música de moda, pendientes de la vida de los demás,

embarazándose a los dieciséis, o cambiando los pelos en el pecho por un arcoíris bien

trazado; ocupando el tiempo en puras gilipolleces y banalidades, en vez de buscar una

respuesta, aunque sea en el fondo de una buena copa de tinto o en el insondable

círculo vacío que puede contemplarse al vaciar una copa de tequila.

Te extrañé, Maribel, y con todas mis fuerzas deseé volverte a tocar, volver a tener ese

curioso privilegio de contemplar tus ademanes mientras discutías lo indiscutible con

quien se pusiera enfrente, mientras desplegabas al máximo tu necedad de mujer en

discusiones bizantinas de tardes de café, mientras me enseñabas a amar la radical

fuerza de tu género.

Te extrañé tanto Maribel, que odié con todas mis fuerzas ese rostro que grabé en mis

ojos con elementos topográficos milimétricos, tan poco tuyo, pero tan presente, tan

gráfico, que no se pudo borrar jamás de mis pupilas, ni siquiera cuando cubrieron

definitivamente el cristal tras el que se encontraba, para iniciar su traslado definitivo,

al Panteón Civil, en un día común, corriente, precisamente como hoy.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.



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