El mundo que habitas

Es curioso, ¿sabes? Quizá es alguna maldición ancestral que merecimos entre tanta

invasión, conquista o guerra durante los últimos dos mil años, la que nos ha llevado a

descargar las entrañas de nuestros barcos o tanques de guerra, imponiendo dioses y

confesiones dogmáticas, saqueando riquezas locales, corrompiendo, premiado

traiciones, negando otras civilizaciones, esclavizando a los más débiles, fabricando la

desconfianza.

Quizá ésta era "de la información", es la gota que finalmente derrama el vaso desde el

punto de vista de la conducta social, y que nos está llevando al límite de la sicosis

colectiva, en una existencia esquizofrénica que quiere destruir todos los paradigmas,

pero añora el pasado, pues paradójicamente daba seguridades impuestas, artificiales y

cómodas a la hora del reto de hacer algo nuevo y diferente.

Es curioso, ¿sabes? Pero nos hemos apartado los seres humanos unos de los otros

mientras más cercanía adquirimos en función del algoritmo que nos agrupa por

afinidades étnicas, escolares, religiosas, deportivas, de moda o repostería.

No sé si tú lo notas también, pero las conversaciones entre seres antropomorfos pasan

difícilmente de la primera y segunda parte del ritual soso y repetitivo que no dice

nada pero que en nuestra imaginación nos protege de todo eso que en el fondo nos

aterra, de esa circunstancia chocarrera de convivir. El primer segmento transcurre

igual con un taxista, un hermano, un vecino de asiento en un avión, la espera en la

clínica o el banco, un colega de trabajo, o un antiguo compañero de la secundaria: -

Todo bien. De maravilla. Cumpliendo el sueño, chaval. Rompiéndola. Mejor que donde

me imaginé hace años...- Cíclico discurso plagado de lugares comunes que impulsa a

arrebatar la palabra con el "yo también, pero mejor..."

Si tienes suerte, tiempo y espacio, así como saliva que tragar y tu cabeza no ha

divagado buscando en el bolsillo trasero de tu pantalón el teléfono inteligente, puede

que llegues a la fase dos, que implica una andanada de críticas a todo lo que le rodea a

tu interlocutor, o a ti mismo cuando te descubres arrebatando la palabra: -Sí, el

sistema, el gobierno, el jefe, el cliente, el oficial de migración, la programación

televisiva. Los extranjeros. El compa que tuvo éxito. El vecino, tu nuera, por supuesto

que tu suegra, el banco, el árbitro-, y todo el cosmos que desde un púlpito impoluto

señalas con índice de fuego, poseedor de la razón absoluta, conocedor de todas las

ciencias y disciplinas, sentenciando a la diestra y a la siniestra también.

Y allí te quedas, chaval, en un círculo vicioso que va y viene en esos dos únicos

segmentos recurrentes de la conversación, que nerviosamente se reinician cuando

algún macabro silencio anuncia el riesgo de pasar al tercer periodo, a algo así como la

antesala de esa situación cada vez más rara que se describe en los libros como

contacto humano, sí, ese que implica miradas fijas, relajación de los maxilares,

dilatación de las pupilas y liberación de esas otras realidades que ya no son ni tan

optimistas, críticas y mucho menos exculpatorias.

Ese momento en el que dos seres humanos entablan una relación muy rara que abarca

lo que poco a poco se desvela como sus verdades y sus miedos. Cuando el terreno

comienza a parecer confiable y nos atrevemos a asomar la cabeza por la armadura que

nos hemos imaginado nos hace fuertes, aunque eso solo suceda en algún lugar de la

imaginación, y nos comenzamos a vaciar en una verborrea honesta, un amasijo de

razón, pasión, creencias y "la neta del planeta". Lo que somos, lo que ambicionamos, lo

que no tenemos.

Y entonces sí que puede venir la cuarta etapa o dimensión en esa conversación que

comenzó como una charleta insulsa y llena de repeticiones, de frases huecas, y los

miedos se comiencen a revelar, y las debilidades a descarar, y las virtudes a mostrarse

y el lado bueno que la mayoría tenemos por dentro, a atreverse a retar la cortina de

humo de las apariencias y del pánico a la vulnerabilidad, para encontrarnos que

existen más coincidencias que diferencias en el terreno esencial, y que la empatía

reverbera al interior de las entrañas y nos hace sentir mejor que cuando nos

ostentamos rudos, groseros y abusivos. Y que saber de esas coincidencias nos produce

una seguridad inusitada para ser diferentes.

Hay un click, ¿sabes? Por allí de los rumbos del esternón que se distiende y las

mandíbulas que se aflojan. Y las coincidencias, y somos vecinos de este mundo por un

rato, dijera Filio.

Quizá sea el preámbulo de una quinta dimensión, una vez que esa charla se terminase.

Quizá fuese la conjura de la rabia social y la maldición de las guerras, y la avaricia.

Quizá después de aterrizar en el avión, o ante el turno en el banco o la clínica del

seguro social. Quizá la quinta dimensión se manifieste cuando al topar con la siguiente

persona, naturalmente te apetezca empezar en cuenta regresiva desde el cuatro y ya

no desde el uno.

Es curioso, ¿sabes? Pero quizá nos teníamos que haber desarmado completamente

como civilización para empezar de nuevo sanando, para comprender nuevamente: la

vida en comunidad con respeto, consideración y empatía genera más, pero mucho más

riqueza que andar por allí con el cuchillo entre los dientes, desquitando nuestra

soledad y fracaso a golpes y empujones, amasando una fortuna pírrica, y presumiendo

que Dios nos quiere, que poseemos los cuatro acuerdos, que meditamos y hacemos

yoga y que somos guapos, famosos y alternativos. Quizá ese sea el paso siguiente a

esta larga espiral de deterioro que te ha hecho rehén del miedo y ha precluido tu

legítimo derecho a esa seguridad colectiva que te permita pisar fuerte para ser quien

siempre soñaste en el mundo que habitas.

Twitter: @avillalva_

Facebook: Alfonso Villalva P.



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