Cita con Clío

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FRASE. “Ni siquiera sabemos lo fuerte que somos hasta que nos vemos obligados a sacar esa fuerza oculta. En tiempos de tragedia, de guerra, de necesidad, la gente hace cosas asombrosas. Es impresionante la capacidad humana para la supervivencia y la renovación”. Isabel Allende.

RESURRECCIÓN SIN VIDA (Parte I) Por José Revueltas. “Había un montón de cosas; la guerra también. Una cosa y la otra, ésta y aquélla, inexplicables –ajenas a él mismo hasta la irrealidad-, inalcanzables, invadiéndolo, zarandeándolo, no obstante, sin alterar su lejanía, sin consumir de ningún modo esa distancia terca que lo separaba, esa muerte suya concreta: tan autoconcreta, si pudiera decirse.

Cosas y más cosas y la guerra, como para despertar, como para conmoverse, como para poner un poco de atención. (Sin embargo –por fuera-, era imposible –y pensaba en cómo lo mirarían los demás- no verlo innodado en las formas más vitales de la existencia, conscientemente metido en ellas y –para los muy próximos- hasta con apasionamiento). La guerra, la guerra, ¡demonios!, una guerra verdadera, palpable. Comía diariamente pequeños trozos de carne sobresaturados de manteca hasta producir náuseas, sin que le costara un centavo (asunto de Raquel, la mesera amiga suya, que a otras horas funcionaba como prostituta), en el barrio chino que en la ciudad conocían como La Chinesca. Una torturante aglomeración vertical de casuchas de madera podrida, escalonadas sobre la loma de piedra sucia, con sus horribles techos iguales a la gorra grasienta y desfigurada de un mendigo, que parecían no ser sino una réplica de los mismos hacinamientos, a orillas del Yang Tse Kiang, que se ven en las revistas ilustradas. Cosas como ésta: el Tratado de Préstamos y Arrendamientos, toda clase de armas de material bélico de los Estados Unidos para aprovisionar a Inglaterra que hasta ese momento luchaba sola. Desde el mirador de tablas y vigas del restaurante Li-Po se veía el carrusel de dinosaurios verde-olivo, disecados e inocentes sobre su plataforma de museo rodante. Cada cinco minutos los largos convoyes, lentos, pesados, inexorables, trazaban una ceja dentro del territorio mexicano fronterizo para adentrarse de nuevo en el país del Norte e ir a depositar su carga de tanques y cañones en algún puerto del Atlántico. –¿No serán los mismos, que nomás estén dando vuelta y vuelta? –decía Raquel. En ella la imagen del carrusel operaba en una forma más real y precisa. Una vuelta hemisférica desde las rectangulares fábricas de California hasta las blancas arenas de El Alamein y siempre, siempre los mismos tanques y cañones, la misma muerte, también algo como Raquel, una cosa como Raquel: lo amaba sin fijarse, sin darse cuenta, como cuando alguien –y esto era perfectamente posible, demostrable- ama alguna función fisiológica de su cuerpo hacia la que, en virtud de razones muy particulares, guarda un tierno agradecimiento. (Fenómeno, pensaba él, que se produce de modo especial entre los enfermos, quienes al padecer obstáculos en la práctica de la función fisiológica de que se trate, pero que, de cuando en cuando realizan sin tropiezos, inadvertidamente se enamoran de ella, pues aquellos momentos en que el asunto va marchando bien terminan por convertirse, así, en una entrega total, sin reservas, y en una amorosamente única e inalienable posesión). Él se dejaba amar como un muerto, como se ama a los muertos; una lápida donde estaba inscrito su nombre, desnudo del ser: Antelmo Suárez, dentro de cuyo cuerpo yacía como en el interior profundo de un féretro. El amor de Raquel que le enseñaba sobre sí mismo mucho más que cuanto él pudiera haber reflexionado hasta la fecha respecto a su propia persona: en verdad estaba muerto, esto era lo que ocurría”. (1) (Continuará).

NOTAS SOBRE EL VIEJO MEXICALI. “Jaque Mate a los celestiales en Mexicali. Artimañas de astuto chino en Ensenada recibe golpe de gracia permanente. Tabú sobre el uso ilegal del correo. Mucho opio se mantuvo alejado del capital mexicano por trabajo de funcionarios.Los chinos de Mexicali han sido frustrados nuevamente en un intento de asegurar los envíos de opio; por el trabajo de los funcionarios del gobierno de los Estados Unidos y las artimañas de un astuto celestial se han quedado dormidas, aparentemente, por todos los tiempos. Un rico comerciante chino de Ensenada durante más de un año desafió a las autoridades postales y aduaneras de los Estados Unidos al enviar cientos de latas a través del servicio postal norteamericano, etiquetados como medicamentos, se reveló en San Diego, tras la incautación de 168 latas de la droga en los sacos de correo a bordo del buque de motor británico “Gryme”. El opio es valorado por el recaudador adjunto de aduanas Clarence Sprigg en $10 000 dólares. Detrás de la incautación del opio hay una historia de la astucia oriental de Yee Fung, el traficante chino de opio en Ensenada, cuyo conocimiento de las disposiciones del Tratado Postal Universal le permitió, según se dice, jugar literalmente con las autoridades aduaneras de los Estados Unidos, hasta que el general Venustiano Carranza emitió recientemente un edicto que prohíbe la exportación de drogas a menos que el envío haya sido aprobado por un representante del gobierno de facto mexicano.El inspector de aduanas William Woolman, de la oficina de aduanas de San Diego, sabe desde hace más de un año que, según se dice, Fung tenía la costumbre de enviar cantidades del medicamento etiquetado como medicamento, en sacos de correo traídos de Ensenada. Sin embargo, no pudo actuar hasta que el general Carranza y el gobernador Esteban Cantú, de Baja California, emitieron la orden contra la exportación de opio. El “Gryme” llegó a San Diego desde Ensenada el sábado y se buscó en el correo del barco, con el resultado de que se encontraron 168 latas de opio en los sacos de correo de los Estados Unidos. Las latas fueron dirigidas a un chino en Tía Juana y Mexicali. Se entiende que Yee Fung será procesado por funcionarios mexicanos”. 


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