TIJUANA.- Una angustiada mujer revela, a través de una carta, el drama vivido por su familia a raíz del secuestro y desaparición de su hermano. Esta situación y la impunidad con la que han actuado quienes le infringieron el irreparable daño ha obligado a una familia a abandonar Tijuana ante el temor de ser víctimas, nuevamente, de la inseguridad que impera en la ciudad.
Paso a paso, una valiente joven revela la tragedia vivida desde hace nueve meses y que apenas la semana pasada entró en una nueva y dolorosa etapa, la de enfrentar directamente a quienes secuestraron a su hermano y ante la impotencia no han tenido otro camino que huir de Tijuana.
A continuación el texto íntegro de la misiva:
Mayo 2 de 2008
Quiero escribir lo que le sucedió a mi familia.
El 24 de Julio del 2007, secuestraron a mi hermano Celso Katzuo Enríquez Nishikawa. Él tenía 35 años, era padre de una niña de 4 años, y tenía una familia que lo amaba.
Siempre fue un hombre muy recto, trabajador, honrado y cariñoso. Estudió ingeniería cibernética electrónica en Mexicali, tenía su propio negocio de subensamble. Era cinta negra tercer dan en aikido, y segundo de su maestro. Le gustaba andar en moto. Siempre fue una persona dispuesta a ayudar a los que estábamos a su alrededor: si le llamabas y le pedias algo, desde arreglar la computadora, hasta mover un mueble o escuchar tus problemas, él estaba ahí.
Nunca le hizo daño a nadie. Fue una persona muy querida por todos quienes lo conocimos.
Cuando me dijeron que lo habían secuestrado sentí como que me quitaban el piso. Mi vida y la de mi familia cambió por completo. Fueron 9 meses y 7 días.
Esto es lo que recuerdo:
Al principio el terror te paraliza, luego te desgasta poco a poco, pierdes la noción de la seguridad, la tranquilidad, la normalidad.
Pasas el tiempo pensando ¿pasará calor, pasara frío, padecerá hambre?, ¿qué comerá?, ¿se podrá bañar?, ¿lo picarán los bichos?, ¿está amarrado?, ¿le pegan? ¿lo torturan? ¿tendrá ropa? ¿usará siempre la misma ropa?... ¡¿Cuando lo van a soltar?!
Y luego las llamadas, las exigencias totalmente irracionales de reunir cantidades imposibles, y la presión de mantener en secreto lo del secuestro bajo la amenaza de matar a mi hermano, mucha presión y tortura psicológica.
Tengo en presente el grito de mi mamá cada vez que sonaba el teléfono; la palidez del rostro de mi padre, y el secuestrador con claro acento norteño, insultando, presionando y exigiendo. A veces sonaba tomado o drogado, a veces sólo se mostraba como aburrido mientras decía sin reparo todas las atrocidades que le pensaba hacer a mi hermano, o amenazaba con hacerme daño a mí –su hermana– o venir por mi hijo adolescente.
Queríamos oír la voz de mi hermano, queríamos saber que estaba bien; pero cuando nos lo comunicaron fue sólo para que escucháramos como lo lastimaban.
No hay palabras para describir el terror, no las hay. No son suficientes.
Luego, el 9 de Noviembre llegó el día del pago. Aparentemente los secuestradores habían aceptado la cantidad que habíamos podido reunir, todos nuestros ahorros, el remate de lo que pudimos vender y los préstamos de todos nuestros familiares y amigos. Seguimos las instrucciones al pie de la letra, el pago lo hizo un ahijado de mi papá a quien estimamos muchísimo y le tenemos toda la confianza. Y esperamos. Pasamos la noche en vela pensando que en cualquier momento regresaría Celso. Pero no regresó. Al día siguiente llamaron los secuestradores para decirnos que el dinero reunido no era suficiente, que querían más, y nos comunicaron a Celso para que supiéramos que estaba vivo.
La pesadilla continuó; las llamadas, la búsqueda de liquidez, las mentiras nuestras hacia los demás para ocultar la ausencia de Celso y proteger su vida; las noches esperando la llamada: “¡¿Cuánto llevas?!... ¡No júntale más, eso no me sirve de nada. Apúrate pa’que te lo lleves en navidad!”
Unos días antes de navidad hicimos el segundo pago. No nos comunicaron con Celso pero nos respondieron una pregunta que sólo el podía contestar, era la preciada “prueba de vida”.
Como la vez anterior, el ahijado de mi papá fue quien hizo el pago siguiendo todas las instrucciones.
Le dijeron a mi papá: “en media hora vas a ver a tu morro…”
Pasamos la noche en vela. El siguiente día estuvimos esperando, mi primo y mi prima –que son como hermanos– se quedaron en la casa varias noches haciendo guardia, día y noche esperando a que llegara Celso. Pero cada mañana era la desilusión de un día más sin ver a mi hermano regresar. Si sonaba el teléfono, si tocaban al timbre, todo ponía la casa en alerta. Pasó navidad, pasó Año Nuevo y ni una palabra.
Cada día la expectativa se tornaba en desilusión. Cada día el desaliento se apoderaba de todos.
Cada quien llorábamos de miedo por nuestra cuenta, yo donde nadie me viera; mis padres abrazados, no nos mirábamos a los ojos, para no reconocer en el otro lo que estábamos pensando.
La casa nunca se quedó sola en esas 6 semanas, pensando que en cualquier momento mi hermano podía regresar. Nunca nos perdimos las noticias, todas las versiones, todos los días, todos los periódicos. Preguntamos en Semefo, en hospitales, en la Cruz Roja.
Cada noche, en punto de las 8 pm, familiares y amigos, rezábamos , por mi hermano dondequiera que estuviéramos.
Después de 6 semanas de silencio, se reanudaron las llamadas, mucho más esporádicas que antes; pero menos agresivas. Decían cosas como: “a tu hijo le decimos el chino”, “es muy buena onda”, “está muy deprimido, ¡apúrate pa’ que te lo lleves!”. Pero en cada ocasión mi papá les pidió prueba de vida y todas las veces se rehusaron a darla, al tiempo que decían cosas para tratar de convencerlo de que aún lo tenían.
Cuando llegó la llamada de ayer, 1º de mayo, en la que pedían un tercer pago, todo se preparó de acuerdo con las instrucciones de los secuestradores. Nos pidieron hasta una cobija para Celso y una sudadera. Nos dijeron que prácticamente iba a ser un intercambio, que se saliera el muchacho que hace los pagos en carro y se parara en la parte más oscura y sola de la colonia Chapultepec California, en la segunda salida un poco antes del banco, y que cuando él estuviera ahí nos comunicarían a Celso. Mi papá les dijo que haría lo que le pidieran y que sólo le comunicaran a su hijo; pero se negaron. Pidió que entonces le hicieran una pregunta determinada, pero también se negaron. Continuaron las llamadas, fueron unas 8 veces más, insistiendo que querían el carro con el dinero donde lo habían pedido. Todas las veces mi papá les dijo: “Aquí está el carro y el dinero listo, sólo quiero saber que mi hijo está vivo, y mi ahijado llegará a donde usted quiere en un minuto”. Pero todas las veces se negaron y luego comenzaron las amenazas: “Abraza a tu hija, porque es la última vez que la ves”, “si no me pones el dinero donde te dije, voy a ir a matar a toda tu familia, y te voy a dejar vivo para que sufras”.
Desde que vimos que no nos querían dar la prueba de vida, supimos lo que había pasado. Ya nos lo habían explicado diferentes personas enteradas en estos temas varias veces: si no te dan prueba de vida, quiere decir que ya mataron a la víctima, no hay razón para que ellos no den la prueba de vida si ya tienen todo listo para cobrar.
Sabíamos que no podíamos poner en peligro al ahijado de mis papás y que no íbamos a recompensar a estas personas después de lo que habían hecho.
Además, ese mismo día nos dimos cuenta de que afuera de la casa rondaban dos autos grandes (después supimos que eran tres). Así que, después de la última llamada de esa noche, apagamos las luces y nos dispusimos a esperar. Veíamos afuera las luces de los dos autos que se movían hacia enfrente, hacia atrás, y nosotros nos mantuvimos vigilando.
Al poco tiempo de haber apagado las luces esuchamos que alguien intantaba meterse a la casa. Pero no pudieron, y empezó la balacera. Nunca en mi vida pensé estar en esa situación, nunca.
Mi papá nos defendió y nos salvó la vida,