La declaración del embajador mexicano, Arturo Sarukhan, de que la relación económica entre México y Estados Unidos debe fortalecerse para no ser cómplices de un fracaso futuro de la economía mundial, deja en claro la interrelación entre ambos países.
Y que uno se requiere de otro, así sea la economía mexicana más chica que la del país más poderoso del mundo.
Sarukhan señala que “México y Estados Unidos pueden trabajar de manera conjunta; tenemos el desafío de dejar jugar ajedrez y entender que podemos transformarnos en socios del éxito de la región y no en cómplices del fracaso”, y tiene mucha razón el embajador, porque nuestra relación con el vecino país, debe ir más allá de lo que siempre ha sido –discursos-, aprovechar la vecindad y trabajar, pero en beneficio de ambos.
Por eso, en su declaración en Nueva York, ante empresarios, inversionistas y analistas, el diplomático mexicano asegura que “la única manera de potenciar nuestras sinergias es ampliando nuestro intercambio conforme a lo ya asentado en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte”.
Y detalla que en 1995 la región de Norteamérica era responsable del 19% del comercio mundial; la participación en los flujos de negocio del orbe disminuyó a 12% en 2006, por lo que instó a un trabajo intenso para desarrollar más infraestructura en la zona fronteriza.
Es urgente que en los hechos, el discurso de Sarukhan, sea realidad, como él lo dice, ya no ser pasivos, sino en verdad que cada país haga lo necesario para que los ciudadanos resultemos beneficiados.
Y si hay una frontera testigo de esa vecindad, en materia económica, con tantos cruces e intercambio, es en la que nosotros vivimos y que por años requiere de una mayor infraestructura, sobre todo la necesidad de una nueva puerta de entrada, la cual sigue siendo una promesa de años.