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Edición sábado, 17 de mayo de 2008

Desprivatizar el debate (Edición Impresa)

sábado, 17 de mayo de 2008

Desprivatizar el debate

Habría que desprivatizar el debate sobre la reforma energética que arrancó en el Senado, pues a la misma se le puso el marbete de privatizante, y políticos y medios lo emplean para denigrarla, y se cree que prestigia asentar que Pemex no se privatizará.

Debería empezarse por definir qué es privatizar, porque no se trata de jugar a la sinécdoque (tomar la parte por el todo), pues admitir capital privado en esta empresa no es igual a venderla o entregarla a inversionistas de tal índole.

El sambenito lo introdujo López O. para denigrar la iniciativa de ley del presidente Calderón, y no con propósito de buscar lo más conveniente para México. Prendió la etiqueta y de eso puede estar muy contento su autor, que también se frotará las manos porque el debate mismo es triunfo suyo, pues lo exigió, si bien rechazó tomar parte en él.

En tal contexto Pemex ya está privatizado por los contratos que tiene con empresas privadas que le prestan servicios diversos, como transportar gasolinas, vender material de trabajo de variada especie, construir plantas, operar plataformas y demás.

Hablar así de privatizar es un despropósito, pues vivimos en una economía donde no está proscrita la iniciativa privada, como en regímenes comunistas. Es indispensable por ello tratar con los hombres de negocios.

Privatizar en esta forma no va contra la Constitución ni la ley reglamentaria respectiva. Pero usar el verbo reditúa políticamente, pues ayuda a los políticos a hacer declaraciones contundentes en apariencia (El PRI no permitirá que Pemex se privatice) y a que las cabezas de los periódicos sean llamativas (No a la privatización).

López O. estará contento porque echó a perder la iniciativa energética de Calderón, no porque eso beneficie al país, sino por hacer fracasar a quien le ganó la Presidencia; pues Agustín Ortiz Pinchetti, su representante en el debate senatorial, dejó bien claro que su jefe aún respira por esa herida.

Y no sólo con el cuento privatizador, con el de que se violaría la Carta Magna, se entregaría el petróleo al exterior y traicionaría a la Patria, logró que cualquier reforma no sea la oficial, sino en todo caso una mezcla, si permite que la haya, pues -recuérdese- amagó con volver a secuestrar el Congreso, si intentan aprobar algo que le desagrade.

Eso le servirá para proclamarlo como triunfo en su campaña y aparecer como el salvador de la Patria y del patrimonio de todos los mexicanos.

Pero lo que logrará es que Pemex -con algunos cambios- siga con problemas de abasto de crudo, de refinación y sin producir la petroquímica que demanda la industria, entre otras fallas.

En esa tesitura no le importa que el propio expropiador del petróleo, el general Lázaro Cárdenas, asentara que son convenientes los contratos de riesgo, y él mismo aceptara la inversión privada en su Proyecto Alterno de Nación, y cuando se le cita textualmente, se enoja y sale por peteneras.

El debate iniciado, más que razonado y sincero, fue expresión de posturas políticas, ni ideológicas siquiera, salvo excepciones, como la de Carlos Elizondo Mayer Serra, quien apuntó que el foro no debe ser para discutir si se privatiza Pemex o reforma la Carta Magna, sino para encontrar el mejor marco institucional para tan vital y estratégica industria.

Ni la Constitución ni el artículo 27 y su ley reglamentaria son textos sagrados, úcases intocables; si precisa reformarlos, hay que hacerlo, pues el objetivo es que Pemex sea exitoso, sin prejuicios de que se entregará al extranjero o al capital privado, ya que tal presunción puede acotarse en la ley misma.

Pero López dictó el dogma contrario y el foro debe obedecer, so pena de secuestrar el Congreso y lanzar de nuevo sus mesnadas a la calle a hacer la vida imposible a legisladores y a la población, aunque pisotee la ley y rompa la gobernabilidad.

Fácil es colegir que el debate está privatizado y secuestrado, y que el país es rehén de quien se ha erigido en la autoridad suprema; por eso el debate que seguirá servirá sólo de teatro para la vanidad de políticos y expositores, por muy respetables que sean algunos de ellos y deseen aportar de veras algo positivo a México.

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