Durante el sexenio presidencial de Carlos Salinas, éste fue observado como un personaje genial incluso hasta para aparentar cercanías con los más necesitados y vestirse, de vez en cuando, con el traje del populismo para repartir prebendas. El inicio de su gestión, entre los duros señalamientos por la deseada elección que le ungió en contra de la manifiesta mayoría de los mexicanos, marcó el derrotero en sus primeros años hasta que, consolidado en el poder, logró poner su sello en la vida institucional del país.
A la distancia, además de las secuelas de los crímenes de Estado que no se han borrado a pesar de la calculada negligencia oficial, dos son las mayores herencias del salinato trágico: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el sostenimiento de la única guerrilla pacifista sobre la tierra, la del EZLN, ahora acompañada con más de cien bandas armadas distribuidas por diez entidades del país según el registro de la Secretaría de la Defensa Nacional. Lo primero significa un detonante social que, catorce años después de la puesta en marcha, sigue siendo cuestionado por los afectados en el campo, por lo general quienes no han podido especular para modificar el sentido de sus empeños productivos; y lo segundo provee de escenarios violentos que, a su vez, sirven espléndidamente de camuflaje a las grandes mafias con territorialidad coincidente con la de los grupos sublevados.
El legado es, desde luego, corrosivo por donde se vea. Y a pesar de ello nadie, en los círculos del poder, se detiene a meditar sobre los antecedentes que proyectaron, haciéndolo ineludible, el escenario actual. Y por allí anda el ex presidente quien, además, considera superadas las “rencillas” políticas como si éstas prescribieran con el paso de otras administraciones. De cualquier manera se nos dirá que no se puede andar hacia el pasado al igual que se subraya la imposibilidad de que las víctimas mortales de la violencia vuelvan a los planos materiales para reclamar justicia. Siempre, las sentencias manidas destinadas a mantener los intereses soterrados.
El hecho es que, casi tres lustros después, el celebrado TLC, signado por George Bush padre también cuando intentaba reelegirse en la Casa Blanca –sería su vástago quien cumpliera el propósito exaltando los aires bélicos y la consiguiente globalización de la violencia-, tiene en jaque a los productores agrarios que, por supuesto, se sienten en una deplorable situación de desventaja frente a los exportadores del norte que pueden darse el lujo de mandarnos sus excedentes a precios abatidos para disminuir los márgenes negativos de la comercialización. Y ello, en buena medida, gracias al sustantivo ahorro que deviene de contratar la barata mano de obra de los “indocumentados” deslumbrados por los espejismos. Esto es: por falta de oportunidades en nuestro país, millones de mexicanos vuelcan sus esfuerzos en territorio estadounidense y acaban por subsidiar a los ricos.
Lo mismo sucede en cuanto a las ventas del crudo: quienes especulan, en el primer mundo, se benefician del subsidio que les facilitan los pobres países productores que venden barato, a requerimiento de los compradores fuertes, mientras éstos ofrecen muy caros los productos refinados. Los débiles pierden dos veces a la vista de la desatada ambición de los poderosos. Y no hay político ni partido capaz siquiera de proponer alternativas viables más allá de los paralizantes discursos incendiarios. La demagogia no sirve para modificar las rutas de la asfixia financiera.
El reclamo de millones de mujeres y hombres del campo, atenaceados por los bajos precios que les impone el mercado y la carestía de los insumos –una relación fatal para cualquier inversionista-, no extraña. Sorprende, eso sí, que ya transcurrieran catorce años sin que las fuentes de la oficialidad ofrezcan respuesta y salidas a una crisis que fue previsible desde el momento mismo de trazar las líneas generales del tratado gracias al cual el régimen de Salinas pudo planificar la reestructuración de la deuda externa mirando, claro, por los intereses de los acreedores.
Debate
Por cierto, debe hablarse igualmente del tercer legado salinista: la privatización de buena parte de las paraestatales, sobre todo las productivas, que le permitió presumir, al mandatario en funciones y a quien fungió como secretario de Hacienda en el periodo, Pedro Aspe Armella, por el superávit alcanzado en los años de consolidación política del régimen –del tercero al quinto del sexenio-, como efecto de los altos precios del crudo y las ventas, muchas de ellas a precios de verdadera oferta, de buena parte de la estructura gubernamental. Por supuesto, las bienaventuranzas fueron para los grandes socios del establishment.
Tratado, emboscadas y superávits, desde luego, generan dobles lecturas. Los beneficiarios de las derramas de aquella época, todos ellos con elevado estatus entre los grandes empresarios con fuentes multinacionales, dirán que tales elementos proveyeron de estabilidad y seguridad a un país endeudado. Incluso no faltan quienes asumen que el verdadero papel estratégico del soliviantado EZLN fue el aseguramiento de la continuidad política en 1994, a favor de un candidato priísta sin carisma ni capacidad de liderazgo tras consumarse el sacrificio de otro que amenazó con desprenderse de la ubre salinista. El perfil histórico, eso sí, cambió de manera por demás dramática.
Esto es, los amagos de violencia, ahora convertido en ejecuciones sumarias y hasta rutinarias, han sido un excelente camuflaje para desviar la atención de cuanto sucede en los sótanos de la vida institucional. Por ejemplo, las grandes complicidades que se nutren, precisamente, de los escenarios violentos como parte del andamiaje operativo. ¿Quién mató a Colosio? Y como ésta pregunta otras se responden señalando hacia las mafias dominantes tan estrechamente vinculadas con la clase política sin distingo de partidos ni ideologías. No hay nadie que pueda arrojar la primera piedra creyéndose libre de culpa.
En este círculo de valores entendidos, el TLC ha cumplido con su parte sobradamente. Casi sin percatarnos, la penetración de las grandes potencias, tan sólo limitadas por el ejercicio soberano de México cuando algún rasgo de dignidad quedaba, fue definitiva. La mayor parte de los banqueros mexicanos, por ejemplo, prefirieron vender y luego convertirse en empleados de los consorcios del exterior compradores. Obsérvese el panorama. ¿Qué hay de fondo en la prisa con la que los prósperos grupos mexicanos que administraban Bancomer y Banamex optaran por dejarlos en manos del ambicioso BBVA, de origen hispano, y el desprestigiado Citigroup anclado en Wall Street? No había emergencia alguna ni mucho menos descapitalización ni quiebra previsible; pero vendieron como si se tratara de despojarse de una casa con malas vibraciones. Casi a la carrera.
El Reto
A cambio de lo anterior, sólo los grandes socios han podido desarrollarse como banqueros, entre ellos la muy privilegiada familia Salinas Pliego –sin ascendencia familiar con el ex presidente, aclaremos-, pero con vínculos oscuros que inician en el norte. Y fue el Azteca el primer banco fundado durante la administración foxista, la del cambio traicionado, que apostó por la continuidad. No hace falta explicar cuáles fueron los sustentos para la alianza entretelones. Los hemos denunciado muchas veces.
Tal fue una estrategia proyectada desde el principio de las negociaciones con relación al TLC. Salinas conocía, muy bien por su condición de aventajado economista, las tremendas asimetrías económicas entre México y las potencias del norte del continente. No había manera de equipararlas salvo para extender el dominio territorial de los fuertes sin necesidad de invasiones grotescas ni deliberaciones estériles. Era como abrir el zaguán para que cuantos quisieran tomaran posesión de la residencia ajena. Y lo hizo, además, cuidando de proteger, en todo y para todo, los intereses de los foráneos. Por ello, en su momento, Cuauhtémoc Cárdenas exigió que se abrieran todos los candados para no dejar a los mexicanos maniatados ante la inevitable invasión comercial de los fuertes.
Ahora, otra vez, sopesamos las consecuencias y el gobierno replica con demagogia. Es la fórmula de siempre que se remata... culpando al pasado de los males y dejando correr el tiempo lastimosamente. Abundaremos.
La Anécdota
Por definiciones no paramos. Fernando Gutiérrez Barrios, quien fuera secretario de Gobernación durante el periodo de Salinas, dijo de éste:
--Es un hombre que requiere el poder para mantener su equilibrio mental. Si no lo tiene... se vuelve muy peligroso.
También el profesor Carlos Hank González, primero secretario de Turismo y después de Agricultura en el mismo lapso, se atrevió a deslizar:
--Es excepcional. Cuando nosotros vamos y él ya viene siempre de regreso.
En fin, los dos personajes que hablaron así ya no viven para seguir contándolo. Quien sigue moviéndose, y mucho, en todos los escenarios descritos, rescatando sus propios lastres, es Salinas.
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