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Edición lunes, 04 de febrero de 2008

¿Lindos arbolitos? (Edición Impresa)

lunes, 04 de febrero de 2008

Si se camina por la ciudad, se encuentra uno con un montón de árboles de Navidad aventados allí nomás, en plena calle, en cualquier esquina, a la mitad de un camellón.

Están allí porque sus dueños no le quieren pagar a los señores del camión de la basura, que cobran mucho dinero por llevárselos, pues han convertido en negocio particular ese que supuestamente es un servicio público. Y como entonces no saben qué hacer con ellos, pues simplemente los abandonan en la vía pública.

Y no solamente hay árboles. Hay también envolturas de regalo con motivos navideños, botellas vacías con las que se hicieron los convivios de fin de año y cajas de rosca de reyes.

Es basura que lleva allí más de un mes y de la que nadie se hace responsable, porque tampoco las autoridades delegacionales la recogen.

Esto no sólo sucede después de las fiestas, sino todo el tiempo. Como escribe Gerardo Bernache Pérez: “Tanto peatones como automovilistas tiran su basura en la vía pública sin ningún remordimiento, cualquier solar urbano sirve de basurero improvisado por los vecinos, las plazas se ven aderezadas por los desechos de los transeúntes, los jardines y espacios verdes son lugares imanes para la basura que dejan los paseantes, algunos vecinos aprovechan para hacer montones con su basura de jardinería, otros desechan ahí sus residuos domésticos, muebles y aparatos descompuestos. Los espacios públicos y privados que no están bien supervisados por las autoridades o por sus dueños, terminan siendo utilizados como basureros públicos por los individuos”. Eso para no hablar de que también sirven de baños públicos para personas y animales, incluidos los domésticos cuyos dueños no acostumbran recoger la suciedad.

¿Qué pasa con los mexicanos que funcionamos así?

Hay tres razones que lo explican: la primera, es que somos unos comodines que no tenemos ganas de esforzarnos y que como dice el mismo autor, preferimos tirar los desechos en el lugar y el momento que se nos facilitan por comodidad, “sin respeto al sentido de bienestar colectivo, a la preservación de espacios públicos y al cuidado del ambiente”.

La segunda razón es la que ha señalado Héctor Castillo Berthier: la existencia del sindicato de trabajadores de limpia y de los caciques de los pepenadores, que han hecho de la recolección de la basura su gran y personal negocio y no permiten que las cosas se manejen de otra manera.

La tercera razón es la anuencia (también por comodidad) de las autoridades ante ésta situación.

El resultado es que en México no se separan ni se reciclan ni se manejan adecuadamente las muchas toneladas de desechos que se producen en el país (dicen los datos que cada mexicano genera poco más de un kilo de basura diaria), las cuales, según dijo hace algunos años el secretario del Medio Ambiente, “pueden llenar el estadio Azteca cada dos semanas”. Sólo 32% de esas se recolectan oportunamente, pero para ponerlas en sitios de confinamiento a cielo abierto, lo cual redunda en que se contaminan tierras y aguas y se generen plagas, sobre todo porque alrededor de la mitad de dichos desechos son orgánicos.

De los 2 mil 400 municipios del país, solo 12 cuentan con rellenos sanitarios, pero en todos hay “un déficit en infraestructura adecuada para la separación, recolección, transporte, tratamiento, reciclaje y disposición final de los residuos”.

Por eso mucha gente sigue manteniendo la práctica de incinerar la basura, porque no tiene otra opción si quiere deshacerse de ella. Lo que logran es que “desaparezca” de su vista el problema, pero los contaminantes sean simplemente trasladados de un medio a otro.

No es menos grave el tema de los residuos peligrosos: industriales, químicos, plaguicidas, escoria de la industria minera, basura biológica de los hospitales (alguna de ella infecciosa) llantas, y toda suerte de sustancias y agentes corrosivos, reactivos, explosivos, inflamables, tóxicos, más la nueva basura que resulta de la tecnología, los que sumados dan una cifra que según los cálculos está entre tres y siete millones de toneladas anuales, de lo cual prácticamente nada se controla, simplemente se le abandona en los tiraderos que hay regados por todo el territorio nacional, y cuya cantidad no se conoce, pero son tantos, que un funcionario afirmó que “el país entero es un tiradero de residuos peligrosos”.

Así que los lindos arbolitos navideños que se ven tan inocentes y que cargan con el simbolismo de la buena madre naturaleza que nos trae armonía y felicidad, terminan por ser una porquería que nos acecha y hace daño a todos.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

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