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Edición sábado, 01 de septiembre de 2007

Informe sin Mandatario (Edición Impresa)

sábado, 01 de septiembre de 2007

Debemos reiterarlo: mandatario es quien obedece. Se entiende que la soberanía nacional recala en el pueblo y es éste, de acuerdo a los lineamientos democráticos, el que dispone; y como el Congreso deviene de la representatividad popular a través de éste deben contrarrestarse los excesos del Ejecutivo. Por ello el Senado, en los términos de los artículos 110 y 111 de la Constitución General de la República, puede conocer de las “causas graves” cometidas por el Presidente durante su ejercicio y proceder en consecuencia. En cambio el mal llamado “jefe de las instituciones nacionales” no cuenta con facultad alguna para desconocer al Congreso... aunque éste sea visto como “un peligro” de acuerdo a la torpe sentencia de López Obrador. Menos mal que, aunque sea en la teoría, el Constituyente se vacunó contra el totalitarismo.

Nueve meses se pasaron como un suspiro sin que los legisladores, ni el presidente, pusieran de su parte para modificar siquiera el protocolo del informe de gobierno anual. En las vísperas volvieron a aparecer los candados de la ingobernabilidad como único sustento para insistir en que, ahora sí, se vive la democracia porque el gobierno no puede funcionar con normalidad. La falacia es tremenda: el espíritu democrático cuando ancla en los sectarismos se anula a sí mismo porque perviven las intolerancias sobre el propósito fundamental de alcanzar acuerdos mediando debates cuya eficacia debe decantarse por las coincidencias a favor de los intereses colectivos.

Felipe Calderón Hinojosa, conocedor de tradiciones y de la idiosincrasia nacional, apostó por la exaltación de los símbolos desde el arranque de su administración. Y, sin embargo, no pareció preocuparse demasiado por destrabar las resistencias en el seno del Legislativo que se encaminan a impedirle el uso de la tribuna. Curioso: la puja entre los congresistas se había dado en sentido contrario, precisamente para insistir en la posibilidad de que el mandatario, bajándose de la nube del presidencialismo insondable, pudiera propiciar y extender el debate democrático cancelando el monólogo aristocrático que únicamente, en ausencia de autocrítica, exaltaba a la figura central prohijando la idea paternalista con la cual los regímenes sexenales justificaban el uso de analgésicos sociales encaminados a apaciguar el dolor sin curar los males de fondo.

No llegan las transformaciones y cuando se dan las novedades éstas parecen encaminarse hacia atrás en la historia. Esta circunstancia debiera ser la preocupación central de cuantos, cobrando dietas jugosas, festinan cada vez que logran lanzar una zancadilla al presidente o desde la casona de Los Pinos hacer lo propio con las oposiciones que han exaltado el chantaje, sea callejero o institucional, como método eficaz para obtener privilegios a costa de extender engaños y simulaciones hacia la “soberanía popular”.

En este sentido nadie puede ufanarse de haber truncado, sin que tal parezca definitivo, el ceremonial presidencialista con el que cada año se exaltaba, en el recinto parlamentario, al depositario sexenal del Ejecutivo, mismo que, a pesar de acudir a la casa de los legisladores cada año por mandato constitucional, justificaba su monólogo por no considerarse “par” de los diputados y senadores, esto es como si su jerarquía fuera superior a la de quienes ostentan, en conjunto, la soberanía popular, fundamento de la vida republicana.

Debate

La entrega del informe y el apretado mensaje posterior no son satisfactorios en términos de rendición puntual de cuentas a una colectividad cada vez más madura aunque todavía no lo suficiente para vadear las inducciones mediáticas armadas a conveniencia de quienes usufructúan el poder político. Ya lo he dicho varias veces: basta con cotejar la simpleza de los mensajes publicitarios de los ex mandatarios recientes con las cortinillas que exaltan al actual depositario del Ejecutivo para encontrar el hilo conductor de la continuidad a despecho de alternancias y reiteradas proclamas en pro del cambio.

Una sociedad tradicionalmente desinformada o manipulada –de ello hay pruebas evidentes que aumentaron de manera sensible durante la larga y densa campaña proselitistas de 2006, requiere enterarse, por elemental principio democrático, del “estado que guarda la nación” sin interpretaciones ad hoc de tan solo una de las partes en juego. De allí la necesidad de que, aunque resulte tenso y farragoso, se privilegie el debate, como sucede en los regímenes parlamentarios, y no se opte por el silencio y el acotamiento de la figura central, la del presidente ejecutor, reducido sólo a la ligereza de un mensaje de autoexaltación sin siquiera las incomodidades de la pública confrontación con sus adversarios políticos.

El formato para el discurso presidencial fuera del Congreso y a manera de sucedáneo del informe, fue ideado, por cierto, por los consejeros y operadores de Miguel de la Madrid, el mandatario de las medias tintas que posibilitó el auge del narcotráfico al encerrarse en las paredes de su despacho dejando responsabilidades e iniciativas en manos de un gabinete rebosante de ambiciosos, cuando la protesta por la usurpación salinista al poder, consumada en diciembre de 1988, le puso sobre aviso. Y, medroso como siempre, aceptó que en Palacio Nacional se erigiera un set televisivo para suplantar el rijoso escenario de la sede parlamentaria. Pero como no llegó la sangre al río dado que los legisladores rebeldes optaron por dejar el salón de sesiones de San Lázaro, el personaje respiró y pudo terminar su acostumbrado monólogo entre los gritos histriónicos de sus diputados y senadores.

Excepcionales circunstancias las de los personajes de la nueva honrada del cambio. Compitieron, seis años después de la alternancia, con las mismas reglas electorales legadas por el priísmo hegemónico; y en la misma línea aplican los formatos ideados por el priísta De la Madrid hace diecinueve años. Sólo falta que durante las fiestas patrias próximas, a la manera de Manuel Ávila Camacho, el señor Calderón invite al balcón central para que le acompañen a todos los ex presidentes vivos. El desfile entonces se situaría en las alturas y no al paso de los contingentes militares.

Al fin y al cabo los ex mandatarios se parecen entre sí en cuanto a sus aplicaciones políticas. El desobligado Fox, por ejemplo, coincidió con la negligente conducta de Miguel de la Madrid que debió ser redimido de la nostalgia en el Fondo de Cultura Económica. Los Fox, más cautelosos, se prepararon mejor y ahora gastan una millonada para mantener la flama del sexenio anterior en el faraónico salón montado a ex professo, esto es para honrar a la regia pareja y airear, de nueva cuenta, las ambiciones de la señora Marta. Como el fenómeno sigue evolucionando, este columnista no tiene otro remedio que mantener la alerta encendida.

El Reto

¿Cuánto tiempo más se perderá en los corrillos de la institucionalidad?¿Pasará otro año hasta que en agosto de 2008 volvamos a plantearnos el absurdo del informe sin presidente como muestra evidente de la parálisis de la clase gobernante? No se olvide que el gobierno es la fusión de los tres poderes y, en este sentido, los perredistas que no reconocen al presidente en funciones, un hecho consumado aunque pervivan las sospechas, son también integrantes de la misma administración y deberían considerar, como deber primigenio, el imperativo de acordar sobre los intereses comunes antes de exaltar la política de los candados.

En todo caso, los demócratas que lo son de verdad siempre optarán por el debate y no por el silencio o la marginación de alguno de los protagonistas claves. Es preferible, en todo tiempo y lugar, cuestionar a quien ejerce el Ejecutivo y no dejarlo al pie del vestíbulo sin la menor posibilidad de entablar el diálogo y de explicar a la nación, que no está conformada sólo por los perredistas –de ello no deberían olvidarse ni unos ni otros, el curso de las acciones gubernamentales... siquiera para que sepamos todos donde estamos parados.

Superemos siquiera los infundios de la simulación.

La Anécdota

Hagamos la cuenta de las primeras veces. Y no porque los protagonistas hayan sido pioneros por voluntad propia.

1. El primer presidente que confrontó una protesta durante su informe fue Plutarco Elías Calles quien, a la salida del recinto legislativo, en 1928, fue atajado por el altisonante, agudo grito del diputado Aurelio Manrique, del bloque obregonista apenas unas semanas después del asesinato de don Álvaro:

¡Farsante, farsante!¡Es usted un farsante!

2. El primer presidente impugnado, aun cuando no se diera voz a su interpelador –el senador Porfirio Muñoz Ledo fue el asustadizo Miguel de la Madrid en 1988, sesenta años después.

3. El primer presidente que no pudo rendir su informe desde la tribuna del Congreso fue Vicente Fox en 2006, dieciocho años más tarde.

4. Y el primer presidente dispuesto únicamente a entregar el documento en la secretaría, sin confrontar al pleno caso como resultado de una negociación institucional, podría ser Felipe Calderón hoy mismo.

De verdad, ¿avanzamos?

www.rafaelloretdemola.com

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