Alguna vez, un poco en son de broma, prometí a varios colegas que dedicaría, al final de mi carrera, un último libro para hablar sobre el periodismo mexicano. Sería, sí, el remate final porque después sería difícil conseguir trabajo, espacios y coberturas dentro del gremio a pesar de los muchos y grandes amigos de quienes me enorgullezco. Pero, desde luego, somos pecadores aun cuando no hayamos sucumbido a la tramposa subjetividad apartada de las líneas éticas del periodismo y exaltada para justificar innumerables tibiezas de espíritu. Pero también en cuestión de infracciones existe una gama entre los comunicadores, desde las veniales, caracterizadas por traspiés viscerales, hasta el profundo maridaje con los órganos de poder para envolver a la sociedad en una extensa red de complicidades y simulaciones. No puede medirse a todos con la misma vara.
En los días recientes, desde distintas perspectivas y escenarios, hemos atestiguado no pocas andanadas contra la prensa. Por ejemplo, el británico Tony Blair, en vías de finiquito –dejará su cargo de primer ministro el 27 de junio, aprovecha sus despedidas para desfogarse de cuanto aprisionaba su fuero interno –no digamos su conciencia porque ésta, dual, podría haberse contaminado por las justificaciones amorales sobre acciones y reacciones por él generadas, y no ha dudado en proclamar, a los cuatro vientos, que la competencia entre los medios de información convierte a éstos en “bestias salvajes” en pos de las audiencias. ¿Y los políticos en campaña acaso están libres de culpa? Si es así que tiren la primera piedra.
En una cuestión acierta Blair, cuando dice que “la relación entre la vida pública y los medios está dañada de tal manera que exige una reparación”. Siempre y cuando, digo, la reconstrucción no signifique sometimiento a las iniciativas de quienes ejercen el poder pretendiendo colocar candados a la libertad de información para ampliar sus propios, intocables refugios. Porque, en el fondo, cada funcionario público considera ser merecedor no sólo de la exaltación general sino, además, de cuantas prebendas le compensen de sus consumados “sacrificios”. En el otro lado de la moneda el juarismo acuñó el imperativo de los gobernantes de permanecer en la “digna medianía” económica como signo de entrega a las causas nacionales.
También podría definirse al periodismo como una moneda en cuyo anverso está la objetividad y en su reverso las interpretaciones subjetivas con las que se justifican los excesos, alianzas y debilidades. En una cara, los valores intrínsecos de la vocación; en la otra, la amalgama de intereses que los desvían asegurando permanencias políticas e influencias periodísticas malsanas, esto es avaladas por el poder y determinadas a la conservación del estado de cosas como valor supremo; en esta línea los sacudimientos son siempre reprobables aunque enciendan el fuego de la justicia.
Los cauces se entrecruzan a cada rato. Las bestias salvajes de Blair –como las brujas también. ¿Quiénes son? Por principio de cuentas quienes endosan la responsabilidad de sus quebrantos públicos a quienes los han difundido sin proponer salidas viables ni reconocer errores. ¿Han escuchado, amables lectores, alguna vez siquiera, a algunos de nuestros encumbrados políticos reconocer haberse equivocado y actuar en consecuencia? No importan los signos partidistas sino la soberbia del procedimiento incluso en quien se dice agraviado y se autodesigna “presidente ilegítimo” sin aceptar, como debiera hacerlo para intentar recuperar lo perdido, sus tremendos yerros, errores de cálculo, exabruptos y traspiés. Por ello, al igual que Fox, creó su propio “circulo rojo” de las intolerancias.
Debate
La fiscal Olga Sánchez, designada por la Audiencia Nacional de España para conocer y dar seguimiento judicial a los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid, también arremetió contra un sector de la prensa de su país: “la memoria de las víctimas no han sido merecedoras –dijo del tratamiento de algunos medios de comunicación, por personas que a lo mejor en su momento pudieron aprobar la carrera de periodismo pero que no tienen la altura ni la grandeza de una profesión tan importante”. No la dejaron continuar: el juez Javier Gómez Bermúdez, caracterizado por su intolerancia, le exigió concentrarse en los alegatos jurídicos aun cuando ha permitido todo tipo de excesos durante el juicio que se sigue a los responsables de aquellos hechos ominosos; y luego, como si nada, el mismo juez habló con los abogados del diario que difundió la hipótesis, sin aportar pruebas de ninguna índole, de una conspiración política destinada a provocar la alternancia en el poder en el gobierno español. Todo, claro, a punta de especulaciones y con la impunidad por prenda.
(En este punto los lectores podrían suponer que el columnista tiende a censurar con mayor rigor a la derecha en las coyunturas que se presentan; y, por ende, superficialmente podrían descalificarse sus opiniones. Ruego, por tanto, que repasen los hechos, sin interpretaciones sesgadas, antes de un veredicto sumario. Quien esto escribe sigue apostando por la objetividad).
Grave es que se utilicen los espacios informativos como recursos partidarios. Por ello, durante la controvertida campaña presidencial en México, insistí en la ausencia de moral de cuantos votaron antes de tiempo o se sumaron abiertamente a una causa sin separarse siquiera de sus espacios, contaminándolos con una visión sectaria, y por ende extremadamente subjetiva, de cuanto sucedía. Además, los alegatos fueron furibundos contra cuantos disentían de sus puntos de vista como si fueran poseedores de la verdad absoluta sin capacidad, siquiera, para debatir con sus adversarios serena y razonadamente. Y no hubo diferencia alguna en el proceder de los distintos bandos encontrados, como no la hay ahora en los foros hispanos atrapados por una polarización política acaso menos enconada pero igualmente paralizante.
Dicen que la fiscal Sánchez terminó llorando, agobiada por la parcialidad evidente del juez y la malsana posición de los informadores destinados a dar seguimiento a las consignas de sus jefes en comunión con un determinado grupo político, en este caso el derechista Partido Popular que todavía no asimila haber perdido la presidencia del gobierno, tres días después de los atentados señalados, como efecto de la superlativa mentira sobre la autoría de los sucesos. La dedicatoria al ETA vasco los fracturó definitivamente.
El Reto
El tercer episodio se dio en el hogar de Alexandr Solzhenitsin, el Nóbel ruso que denunció los abusos del comunismo luego de haber sobrevivido a los campos estalinistas, al ser visitado por el presidente de su país, Vladimir Putin, quien le entregó el “premio nacional a la labor humanitaria”. Lo extraordinario del asunto es que Putin laboró para la KGB que persiguió al escritor y le obligó a exiliarse. El reconocimiento, sin recapitulaciones históricas, zanjó uno de los mayores agravios contra la libertad de expresión del que tengamos memoria.
Muchas veces bastan unos cuantos años para que los censurados se conviertan en referentes exaltados del “pasado ominoso” aun cuando no haya compensación alguna por sus tantos y tantos agobios durante el tiempo que duran las persecuciones, las satanizaciones, las descalificaciones sumarias. Ni siquiera el avenimiento de la democracia ha servido para interrumpir la oleada de crímenes, desapariciones y censuras contra quienes ejercen la literatura política y el periodismo con libertad. Sólo el tiempo pone las cosas en su lugar... aunque se haya ido la vida. Así, Solzhenitsin, octogenario y enfermo, quien vivió su propio “GULAG” en cada poro de su piel ahora marchita.
La Anécdota
Un viejo maestro del periodismo suele sentenciar, para explicar la potencia de la crítica en una perspectiva minada por la censura y las persecuciones:
El periodista tiene un arma siempre lista, dispuesta para ser detonada en cuanto pase enfrente del cañón quien haya pretendido silenciarlo. Le basta solo con jalar el gatillo.
Decanta así la fuerza de la opinión pública y el valor intrínseco de la denuncia periodística que, no pocas veces, resulta más efectiva que la judicial en tantas ocasiones sometida a las consignas superiores. Como, por ejemplo, en la citada Audiencia Nacional española.
Sólo debe hacerse un agregado: el poder público cuenta con cañones y pertrechos de distintos calibres para salirse con la suya. Al fin y al cabo, la única fuerza que pervive es la razón.
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