Aunque se requiere una transformación estructural del gobierno y el Estado mexicano, como sugirieron incluso los más avezados políticos de la vieja guardia durante el finiquito del salinato ante la evidencia de la fractura de las reglas, dos son los temas que siguen acaparando la atención de la casa presidencial en materia de iniciativas; dos asuntos, sí, que prefirió dejar pendientes la administración anterior, so pretexto de que no la dejaban trabajar los perversos legisladores, antes de encontrar vías sanas para la concertación democrática: el energético y el fiscal.
Sobre el primero ya he contado que el proyecto arrancó desde mediados del régimen de Ernesto Zedillo cuando, entre otros, Luis Téllez Kunzler, entonces secretario de Energía, trabajó denodadamente por la causa al punto de dejar allanado el terreno para la reforma sustantiva que rompería el “monopolio” estatal en la materia. Así lo sugirió el propio Téllez en su momento tratando de lograr consensos que, por supuesto, obligarían a asegurar la continuidad política en la materia. La alternancia a favor de la derecha, en tales términos, fue tan previsible como inefectiva: Fox pretendió hacer lo suyo pero acabó dejando las cosas como estaban, temeroso de incomodar a las mafias dominantes.
No es casualidad que Téllez figure dentro del gabinete del señor Calderón como secretario de Comunicaciones y Transportes, un renglón por supuesto muy ligado a cuanto deviene de los energéticos y que le permite, además, estar muy cerca de quienes están identificados con el proyecto de mucho tiempo atrás, inclusive el propio “primer mandatario” quien fue titular, por breve lapso, de la citada Secretaría de Energía lo mismo que el actual director de PEMEX, Jesús Reyes Heroles GonzálezGarza. Lo repito: el triángulo de ex secretarios especializados en el tema no es simple casualidad. Y bien mide quien encabeza ahora la dependencia, Georgina Kessel Martínez, la dimensión de sus “asesores”, incluyendo a su propio jefe institucional.
Pese a lo anterior, lo más complejo es vender la idea de que el patrimonio nacional no está en venta y, por ende, no se traicionará la senda señalada por el general Cárdenas desde 1938. No es que así sea sino, más bien, que debe parecer de esta manera para resolver las coyunturas inevitables y atemperar las inevitables protestas de una izquierda intransigente. La decisión, subrayo, está tomada desde hace dos sexenios, cuando menos, y su aterrizaje es lo verdaderamente complejo.
Otra vez, la vulnerabilidad del régimen en curso, acotado de manera permanente y situado en una delgada línea entre la ilegitimidad y las buenas intenciones, opaca el criterio reformista que, además, contraria dos de los principios básicos de la vida republicana: el histórico, al desdeñarse la carga moral que conlleva la defensa del subsuelo, y el jurídico en cuanto al peso conceptual de la “soberanía” cuando estamos a punto de perder acaso la única rectoría que quedaba en manos de los mexicanos, perdidas la económica, la social y la política. Ahora estamos a punto de ceder la energética. Y la soberanía, por tanto, será un referente marginal, simbólico, en los discursos ampulosos de la diplomacia lacayuna.
Les pregunto a los amables lectores: ¿alguien les ha consultado al respecto para normar las decisiones superiores en un tema tan álgido y comprometedor?¿Acaso no se establece que la “soberanía popular” es guía y núcleo de la democracia?¿O será que, perdido el sustento soberano, sólo queda una democracia... simulada?
Debate
Siempre he dicho que cuando los mexicanos estén plenamente convencidos de la utilidad de pagar sus impuestos, esto es de que no servirán para la formación sexenal de nuevos ricos egresados de las funciones públicas ¡qué bien les va a los Fox, Sahagún y Bribiesca!, la recaudación no requerirá de políticas persecutorias ni de dantescos confinamientos. La confianza es el primer elemento para asegurar la participación de la sociedad.
Y el segundo tiene que ver con el poder adquisitivo. La mayor parte de los causantes percibe que el gobierno les arrebata a mansalva sus pobres remanentes y, por supuesto, se resiste. Es una condición innata, la de la defensa propia, ante los abusos repetidos si bien esta circunstancia, que abre la expectativa sociológica, nunca ha sido tomada en cuenta a la hora de establecer mecanismos y tasas. Otra vez: a los mexicanos, “soberanos” en su conjunto, no se les consulta nada; más bien sólo se privilegia, en las urnas, a la quinta parte de los empadronados, “victoriosos” bajo el peso de los ardides.
Desde luego, la política oficial en materia tributaria ha sido, acaso por una cuestión de descomposición histórica, en pro de gravar lo más y concentrar el rigor en los causantes cautivos mientras pervive la economía subterránea y se mantienen los privilegios en los extremos de la pirámide, arriba y abajo, para los muy ricos a quienes se extienden canonjías sin cuento y a los muy pobres a los que se “protege” de manera paternal en vez de alentarnos a elevar su propia productividad, el gran tema olvidado.
Cuando menciono la descomposición histórica no puedo substraerme de un hecho que dibuja el perfil autocrático de quienes nos han gobernado. En tiempos del general Santa Anna, puesto de moda recientemente como un patán cobarde y torpe –los texanos así lo dibujan para exaltar el “heroísmo” de los defensores de “El Álamo”, se gravó hasta el aire... esto es mediando el pago de impuestos por el número de ventanas de cada hogar. Hasta hace muy poco creí en que tal episodio debía situarse dentro del folklorismo vernáculo, pero no es así: también Napoleón Bonaparte fijó las mismas condiciones a las naciones que invadía y conquistaba en la siempre convulsa Europa. El símil no puede ser más emblemático.
Deben tomarse en cuentas las consecuencias del proceder discrecional, autoritario, contra una ciudadanía inerme, en estado permanente de indefensión. Más cuando se arrastran todavía los lacerantes efectos de las crisis estructurales del pasado reciente que no han despejado los riesgos de otra similar.
El Reto
Mal se haría en olvidar, finalmente, que no siempre es eficaz cobrar más impuestos si se busca un mayor oxígeno financiero para el sector público. A veces, como sucedió en Bolivia hace varios lustros, suavizar el rigor fiscal tiende a elevar la productividad con mejores rendimientos generales y el consiguiente abono a la fortaleza económica del gobierno.
No todo se trata de pagar, mucho menos cuando se sospecha de los administradores. Y en este rubro el dinero de la política, tan mal usado, cuenta mucho. ¿O vamos a creer que, por ejemplo, los seiscientos veintiocho legisladores, dispuestos para contrarrestarse unos a otros con excepcional fervor sectario, devengan, en serio, sus emolumentos?¿Y que todas las parentelas de cuantos pasan por Los Pinos merecen alcanzar un sitio dentro de la nueva aristocracia que o reconoce giros partidistas?
Por ejemplo, la Presidencia financia el pretencioso proyecto de los Fox para erigir un “centro de estudios”, con museo incluido, a la manera de los grandes autócratas. ¿Le consultaron a usted, amigo lector, sobre ello? Conozco la respuesta; pero, a pesar de ella, es evidente que la ocasión servirá para brindar por el “ex” llamándolo prócer de una democracia a la que, sencillamente, traicionó.
La Anécdota
A principios de 1974, cuando el horno de la Casa Blanca no estaba listo para bollos y el caso Watergate llenaba las primeras planas de los cotidianos del mundo entero, uno de los asesores del presidente mexicano, entonces Luis Echeverría, le dijo a éste:
Nixon no va caer como consecuencia de haber espiado a los demócratas.
Menos mal. Es mejor que las aguas se tranquilicen.
Pero va a caer de cualquier manera. ¿Y sabe usted por qué? Por una sencilla razón: el pueblo estadounidense, que paga mucho al Estado, jamás perdona a un evasor y Nixon evadió sus responsabilidades fiscales como ha quedado demostrado, La política, en este caso, sale sobrando.
¿Alguna vez se ha indagado si los mandatarios mexicanos y, sobre todo, los ex presidentes pagan, puntualmente, sus impuestos?
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