¡Qué buenos amigos! Al parecer la mejor manera de ampliar círculos personales y compromisos económicos sustantivos es una precandidatura a la Presidencia. Todos piden y casi todos dan, máxime que la tradición remite a la impunidad proverbial porque los grandes escándalos del pasado, nutridos por las complicidades halladas en flagrancia, no inducen al seguimiento judicial ni, mucho menos, al deslinde de atropellos y acuerdos entre mafias y cúpulas. ¿Qué pasó con los “fideicomisos” que proveyeron de fondos de dudoso origen las campañas de 1994 en beneficio de Ernesto Zedillo, en laperspectiva nacional, y Roberto Madrazo, en Tabasco? Sencillamente se aplicó, como tantas veces, la “medicina” del tiempo.
Los precandidatos han fundamentado su gran posicionamiento nacional a través de los medios masivos de comunicación, de amplia cobertura, que vuelven inútiles, por lo escasamente redituables si se compara la inversión de tiempo y los resultados con cuanto aporta un comercial de treinta segundos en horario triple A, las extensas giras proselitistas por la abrupta e intrincada geografía patria. Pese a ello se considera muy importante estrechar cercanías con una ciudadanía bombardeada por los diseñadores de imágenes.
Los gastos de las precampañas son, hasta este momento, imprecisos. Ninguno de los postulantes especifica quienes son sus mecenas ni cuando, de verdad, han significado las “fraternas” aportaciones para el lanzamiento de proclamas tan interesantes como la señalada incorporación a la mayoría de los “buenos” para atajar a los menos que se proponen destruir a México. Con distintos matices cada presunto redentor se exhibe, virtualmente, como “soñado”.
De allí la “disciplina” madracista para correr, cada mañana y por espacio de dos horas –reservadas de manera prioritaria en la agenda del personaje, largas distancias si bien con cierto aire de nostalgia por aquella otra disciplina que obligaba a los militantes del PRI a obedecer las líneas superiores y sumarse a las candidaturas de unidad cernidas a la voluntad central, inescrutable. La forma física vista como fondo político, nada menos.
Se despilfarran grandes cantidades y las inversiones fueres todavía no comienzan. El Instituto Federal Electoral anuncia que habrán de aplicarse 12 mil 900 millones de pesos en el proceso electoral señalado para la renovación de los poderes Ejecutivo y Legislativo en la esfera federal lo que determina que cada voto potencial tendrá un costo de, aproximadamente, 180 pesos, una cifra seis veces superior, por ejemplo, al del sufragio individual de los franceses.
Ya hemos dicho que el montaje de la escenografía “democrática” en México es uno de los más caros del mundo con centenares de legisladores cernidos a su función específica de levantadedos en un entorno endurecido por los usos facciosos y el comportamiento sectario, en bloque, con lo cual bastaría con un diligente representante de cada partido registrado para fijar posiciones y establecer las rutas para las negociaciones finales. Todos los demás, sin eufemismos, sobran... pero nos cuestan.
En la misma mecánica, ¿acaso no sobran tantos precandidatos que confluyen hacia los mismos intereses y con criterios similares? De haber coherencia el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas ya habría entendido que éste, infortunadamante, ya no es su momento.
Debate
Contra la corriente general, Andrés Manuel López Obrador, todavía líder en las preferencias generales sobre la carrera por la sucesión presidencial, manifiesta a cada rato su intención de no invertir en publicidad. Alega que no tiene dinero, aun cuando el PRD, su partido, recibirá una jugosa partida de 744 millones de pesos de acuerdo a lo establecido por el órgano electoral, una cantidad inferior a las nutrientes del PRI y el PAN pero sin duda importante. Por supuesto, su apuesta sigue centrándose en ganar espacios en las primeras planas haciendo mucho ruido y enconando pretextos para lanzar provocaciones de distinto tinte y signo.
Así que el gran, excepcional fenómeno mediático del sexenio, quien creció en buena medida gracias a la excepcional cobertura de sus conferencias de prensa matutinas, vistas y recibidas hasta en el último rincón de la República, privilegio que nunca tuvieron los demás mandatarios estatales, se asume ahora como un supuesto regulador de los gastos proselitistas para contrarrestarlos excesos publicitarios de sus adversarios calculando, claro, que no dejará de ser noticia cotidianamente. Un cálculo, por supuesto, que le puede revertir.
Un amable lector inquiere acerca del generoso espacio que le brindó al perredista la televisión privada precisamente cuando anunció su decisión de no publicitarse para no “comprometerse” con alguna empresa. Tal hecho le confundió al compararlo con las antiguas resistencias de as mismas corporaciones.
La respuesta es más bien simple: ahora, tanto Televisa como Televisión Azteca requieren ganar su propia campaña por la credibilidad general y deben deslindarse de cualquier postura política sesgada ante, repito, el líder de la justa sucesoria. En apariencia, por tanto, le hacen el juego si bien con ciertas acotaciones.
El Reto
Es claro que, tarde o temprano, se cobrarán las facturas. Por el momento lo trascendente es exteriorizar una aplicación modesta, acorde, en el caso de López Obrador, al uso proselitista de la pobreza vista como estimable capital político. Después, según los cálculos soterrados, las deudas devendrán en alianzas tazadas a conveniencia de los protagonistas. Ni modo que el popular personaje se quede cantando solo en el desierto... aunque hay antecedentes sobre el particular.
Cuando pregunté a Diego Fernández de Cevallos, allá por 1998, la razón por la cual casi había “desaparecido” de la esfera pública en la fase terminal de su campaña por la Presidencia cuatro años antes, sorprendiendo a sus propios correligionarios, me respondió tajante:
Yo no interrumpí ni mítines ni giras. Los que interrumpieron sus coberturas fueron los medios de comunicación nacionales. Tengo pruebas de ello: dejaron de darme espacios y dieron la impresión de que me había “rajado”.
Cierta o no, la versión debe tomarse en cuenta y por ello abundaremos en ella próximamente.
La Anécdota
En el Estado de México comienzan a perderse los controles caciquiles aun cuando los veneros financieros siguen teniendo su fuente en el erario público. Así las cosas, las fracciones del PAN y el PRD en el Congreso local, ¡unidas!, señalaron que el aún gobernador, Arturo Montiel Rojas, realizó setenta y dos viajes al exterior y sólo solicitó permiso al Legislativo para la mitad de ellos.
Bastaría lo anterior para procesar al personaje por abuso de poder e incluso peculado bajo la sospecha de haber utilizado recursos públicos en cada ocasión. Y la sentencia, aun tratándose de delitos no graves y por lo tanto susceptibles de enfrentar en libertad bajo caución, podría determinar, eso sí, la inhabilitación de Montiel para ejercer cargos públicos. Los abusos, tarde o temprano, revientan... a menos de que e escándalo no tenga más visos que el chantaje corporativo. Porque, en todo caso, el maletín, rebosante de abultados sobres, lo sigue teniendo Montiel.
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