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Edición domingo, 14 de febrero de 2010

Como cashora al sol

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Agencia
domingo, 14 de febrero de 2010
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1. La Rosina Conde, así, anteponiendo el artículo al nombre propio y como en otra más de sus muchas y muy distintas protagonistas: la Genara, la Luisa, la Sonatina, la Tony, la Cristina, la Cecilia… En fin, una peculiaridad idiomática que distingue al lenguaje coloquial norteño, y por lo que hace a su segunda novela publicada a la fecha , resulta un elemento junto con otros de igual o idéntico peso de la mayor importancia en cuanto a la configuración del mundo que ahí se narra. Por supuesto, el asunto no se reduce a una mera curiosidad lingüística. Un dato que, y por más curioso que acaso pudiera parecernos, por sí mismo no tendría otra intención que conferirle cierto grado de exotismo a la narración. Como habremos de confirmarlo, se trata en cambio de un aspecto que tiene un peso bastante significativo. Quiero decir con esto que su presencia incide de manera determinante cuando menos en lo que hace a la configuración lingüística de su argumento.

No creo innecesario mencionar que todos los temas de la Rosina Conde aparecen contenidos en ésta que, según parece, sería en realidad su primera novela escrita pero publicada sólo mucho tiempo después. Al parecer porque los editores no estaban muy convencidos de sacar a la luz pública una obra que, como habremos de verlo, descansa principalmente en la recreación fonética del habla coloquial de Tijuana durante los años sesenta. Además de incluir una amplia variedad de voces locales, así como la presencia de innumerables giros idiomáticos, propios de un amplio sector de los jóvenes de esa región fronteriza.

En cuanto a los temas abordados, ahí están los temas que han sido hasta ahora los temas habituales de la Rosina Conde. Desde las difíciles relaciones de la pareja o la situación social y familiar de la mujer, hasta la violencia intrafamiliar; junto a otros más, como el fenómeno del narcotráfico en esos ya un tanto distantes años sesenta, y que ella no había abordado antes en sus relatos anteriores. Temas y tópicos que sus comentaristas han identificado puntualmente desde sus anteriores cuentos y novelas con variada fortuna e intención crítica. Unánimes, eso sí, en cuanto al valor y la trascendencia de una obra que la consolidado como una de las principales narradoras de la literatura mexicana actual. Y no hay exageración alguna al decir que es una de nuestras escritoras más solventes y maduras; sólo confirmo un hecho ampliamente aceptado.

2. Irónica y punzante, Como cashora al sol, la novela motivo de estas notas, cala hondo en una zona temática, podríamos decirlo, ya muy acotada en toda su narrativa anterior: cuestionar los estereotipos patriarcales en torno a la condición social y familiar de las mujeres. Debí decir, cuestionarlos para subvertirlos, pues no es labor suya la de denunciar aquello que hubiera de criticable en los vicios de una conducta social asentada en la desigualdad entre hombres y mujeres, sino deconstruir los discursos que los sustentan. La extraordinaria sensibilidad de la Rosina Conde, en efecto, nos lleva de la mano por los momentos más dramáticos, y aún melodramáticos, de una relación difícil aunque bastante común en una pareja mexicana, pero que culmina de manera trágica con el asesinato de Pedro y la locura María Antonieta, los protagonistas principales. Me atrevo a decir que pocas escritoras en verdad, como la Rosina Conde, podrían presumir de conocer de manera tan profunda la mentalidad de hombres y mujeres.

3. El detonador discurso de los personajes, y en realidad de toda la narración, es una frase que funciona a su vez como una suerte de interpelación abierta –quiero pensarlo así, dirigida también a los mismos lectores: “¡Ira!”, exclama más que airada María Antonieta, la Tony, dirigiéndose a su hermana, la Cristina; es decir, mira, aunque no precisamente wacha ni tampoco observa, sino una expresión más inmediata, más familiar incluso para unos y otros. La contracción de la palabra “mira” corresponde, como se puede fácilmente deducir, a una manera coloquial de llamar la atención o de señalar un objetivo. Aunque por el contexto en el que aparece bien se pudiera entender con una carga adicional de ira, como sinónimo de malestar, de enfado.

Para que se entienda bien de qué hablo reproduzco una pequeña parte de la escena inicial:

¡Ira! –decía María Antonieta mientras corría a la cama de Cristina, ¡ira, tócalas!

¿Qué? –contestó Cristina con indiferencia, viendo su tejido con tono molesto.

Mis shishis…

¿¡Qué…!?

Mis shishis, íralas, ¿no las notas raras?

Yo no sé qué tengan tus shishis de raras. A ver –agregó Cristina, y alargó el brazo con la aguja de tejer, como queriendo alcanzar los senos de María Antonieta.

¡No, babosa! –gritó su hermana pegando un grito, ¡con la aguja no!, te estoy hablando en serio: tengo dos meses de atraso…

¿Qué? –preguntó Cristina soltando su tejido.

Las tengo duras y paradas…

¿Estás loca?

Más de dos meses de atraso, ¿oístes?

Conmigo no juegues, María Antonieta –reclamó, tocándole los senos.

No estoy jugando.

¿Ya se lo dijistes a Pedro?

No.

¿Y quésperas?

No sé.

Malíciala, Tony: ¿Te imaginas a mi padre?, ¿qué irá a decir mi padre…? Él no tiene por qué enterarse.

Como quiera que sea, desde ahí, desde el disparador discursivo de esa primera frase se advierte lo que me gustaría llamar una novela vernácula por lo que hace tanto al entorno urbano configurado como al uso del español tijuanense, para identificar de alguna manera esa variante dialectal del español mexicano y que Juan M. Lope Blanch llamara “bajacaliforniano septentrional”. Quiero decir con novela vernácula no precisamente una novela campirana o de tipo regionalista, sino una novela que podríamos calificar, mejor aún, como una novela “regional noregionalista” (el término es de Beatriz Sarlo).

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Etiquetas: cashora , al , sol ,
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