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Edición martes, 26 de febrero de 2008

Cuando Rulfo hace daño

Por
Agencia
martes, 26 de febrero de 2008

Ya no quiso renovarse. ¡Hubiera sido más humano!

¡El divino Rulfo! Se aburría entre los mortales.

Por eso se hizo alcohólico y pispireto.

Como él venía del cielo, este mundo le parecía un pueblo

A veces Rulfo sirve de

excusa para falsear qué es la

literatura. Coartada perfecta para frustrar una obra y glorificar la autodestrucción del escritor.

Rulfo obró un relatario perfecto. No se le puede quitar nada a esas piezas. Si uno remueve algo, ¡la pobre gente de esos páramos no tendría qué comer en dicha página!

Rulfo narró la vida raquítica. Y para que no fuera tan mísera, la llenó de poesía. Hecha de Salitre. Todo Rulfo es calcáreo.

Y luego noveló sublimemente una caterva de

personajes. O laceraciones. Rulfo es el único

narrador cuya obra es perfecta.

Una obra es perfecta cuando es coherente consigo misma.

Pero si la obra debe ser coherente consigo, el

escritor debe ser contradictorio. Infiel. No casarse consigo mismo. No guardarse luto, como Rulfo lo hizo.

Rulfo avasalla. Y se avasalló a sí mismo. En un duelo inconcluso.

Ya no quiso renovarse. ¡Hubiera sido más

humano!

¡El divino Rulfo! Se aburría entre los mortales. Por eso se hizo alcohólico y pispireto.

Como él venía del cielo, este mundo le parecía un pueblo.

Y una cosa es Rulfo y otra quienes utilizan a Rimbaud o a Rulfo para aplaudir o pedir que un escritor se arrane, escriba con gotero, se jubile a su segundo libro. Eso me parece una pendejada.

“¡Uy es que Torri! Torri esto, Torri lotro”. Babas. Torri pudo haber escrito mucho más y no le hubiera pasado nada. Torri fue miedoso. Punto. Y quien alabe el gotero, más miedo. Se alaba a los que escriben poco porque justifican a los flojonazos.

Con Dufoo ocurre algo similar. Era demasiado

cauteloso. Cespitaba. Estaba obsesionado con ser perfecto. Y, en cierta manera, qué bien: de lo

precavida que fue esa generación, en la siguiente apareció Arreola.

Monterroso, que todo lo que hizo le salió bien, padeció el mismo mal. Quedarse con su primera obra, casarse para siempre con su intachable brevedad. Ya lo dijo él en un cuento: nuestra literatura, ante todo, es cómo los viejos castran a los jóvenes. Y los jóvenes no dicen nada. Porque les conviene. Pueden alegar que los culpables fueron los grandevos. Además, si la gente cree que fueron castrados, van a creer —y eso los deja bien parados— que alguna vez tuvieron lo que nunca tuvieron: huevos.

Rulfo dejó de escribir por miedo a no alcanzar la cima anterior. Se paralizó. Rulfo hace daño cuando se le usa como apología de ese terror.

Pero si lo leemos bien, Rulfo no sirve para

estreñirse. Sarduy y Lezama definieron a la poesía como imagen que fija y a la novela como metáfora a la que no se le alcanza, metáfora que provoca

perífrasis infinita. Recuérdese el final de Pedro Páramo: lo pétreo desmoronándose.

El Rulfo posterior a sus dos libros, temió. El Rulfo durante: suelta palabras. Enseña a ser feliz en el lenguaje. Entender la fertilidad del cactus.

Por Heriberto Yépez

hyepez@hotmail.com

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