En el fondo sería doloroso llenar por completo todos nuestros satisfactores. Si fuera posible abarcar por completo nuestros anhelos, darle repuesta a cada pedimento, quedaríamos pasmados y sin más necesidad de desplazarnos, implicaría la pasividad perpetua, que ya no ve ni quiere nada y sólo se desgasta embelesada con lo obtenido. Finalmente el deseo mismo sería precisamente aquello que se buscaría seguir experimentando, porque si viviéramos colmados de todo lo posible, ya no habría lugar para la curiosidad y el asombro, sólo tal vez para la indolencia y el vacío.
El deseo es algo ajeno a las cosas, es fantasioso pensar que el querer reposaría en algún momento, el ímpetu por obtener es lo que realmente prevalece, las cosas mismas no son más que formas de actualizarse, de establecerse temporalmente, para luego seguir voluntarioso en sus afanes.
Abarcar por entero el conjunto de las necesidades con sus respuestas adecuadas y desahogos necesarios, nos dejaría sin respiro, no habría espacio para el deseo y el juego creativo que busca solución al desfogue. Construir vías imaginarias para resarcir nuestros vacíos es parte del ejercicio que nos mantiene alertas y estimulados.
La situación de espera, que mantiene latente el deseo, puede ser en sí misma una condición que permita estimular la imaginación y el gusto. Energía retenida que busca vías para descargarse, y que en el transcurso de la expectación inventa diversas formas de satisfacerse. El apasionamiento guardado incita a la fantasía, a crear formas que le permitan relajarse de las tensiones.
Para hablar del deseo, da Vinci alude a los Médicis, menciona que Juliano el más bello de entre ellos, estaba enamorado de Simonetta Cataneo, esposa de Vespucci, y notaba que los Médicis gustaban de enamorarse de mujeres casadas, porque según esto, seguían el ideal de un filósofo contemporáneo a ellos, Ficino, es decir, les gustaba idealizar a la amada, vivir en la obsesión de su deseo, que en su momento, cubre el vacío que deja el paso de una labor a otra.
Vivir con el sentimiento de la pasión no satisfecha, era un estado buscado por ciertos románticos que veían en la pura contemplación y añoro, un estado deseable por sí mismo. El deseo como instigación, nos mantiene alertas, despiertos ante el acontecer, y gracias a este estado, apreciamos con esmero los detalles de la vida, que de otra manera pasarían sin novedad ante un ser abúlico y desgastado por el
aburrimiento.
Ficino toma el ejemplo platónico de eros, que es el amor que no se contenta con ninguna forma bella, que se desplaza y se apega con lo amado, lo contempla y los disfruta según le plazca, y sin embargo pronto se despierta su deseo por otro ser, al final no se ve satisfecho con lo obtenido, y requiere otra cosa que no posee de inmediato, vive sin saber qué lo impele hacia delante, qué empuja su voluntad veleidosa, y
voluble no termina de posesionarse de lo amado, cuando ya salta hacia otros brazos.
El eros tiende a querer, pero nunca sabe qué cosa quiere, es un deseo por el deseo mismo, que al concretarse sólo encuentra incitación para ir hacia delante, hacia lo imposible de su satisfacción, es pues, según supuesto platónico, un tender hacia lo imposible del ideal etéreo, que se encuentra latente en un recuerdo, en una visión efímera de lo perfecto.
Se mezcla entonces en confusión, ese estar alterado por el deseo que nace de lo orgánico, con la búsqueda de trascendencia que se retrata en el ansia. Estado alterado que se mueve en el delirio, y que el propio afectado declara padecer como enfermedad, dice Fedro en el diálogo platónico sobre el amor, que los mismos amantes confiesan su insensatez, por estar fuera de sí y no poder dominarse. Y sin embargo hay quienes ven relación en algo tan lúdico y carnal, con un ímpetu que busca más allá de lo palpable, donde con cada complacencia intensa, se pretende contemplar el absoluto.
Ficino extiende su discurso sobre el amor, hacia la avidez del conocimiento que también busca intermitentemente, pero en este caso el ser y la verdad infinitos. El intelecto pasando sobre todo límite no se detiene en ningún objeto, y aspira de alguna manera a obtenerlo todo, su ambición es deglutirlo todo en razón, no dejar nada a la deriva, avenirse el universo entero en sus dominios, reduciéndolo a idea. El intelecto quiere convertir todas las cosas en él mismo, según Ficino, quiere convertir todo el universo en alma.
El intelecto codicia para sí la verdad, transformándose en las cosas, posesionándose de su esencia, reconociéndolas como parte de él en cuanto las descubre después de la indagación, quiere transformase en todo lo existente, convertirse en la totalidad de las entidades. El empeño por conocer nos ha llevado a querer transformar todo en razón, según la fórmula racionalista. La vehemencia es un patrón de actividad de la mente, que quiere sin darse límites, siempre en apetencia insaciable, se aboca hacia las cosas para diseccionarlas en lo posible, reconocer sus estructuras, sus maneras de ser, todo por un afán natural de ir lo más allá posible, para dar con todo lo conocible, hasta su entera comprensión.
El intelecto puede padecer de gula, no hay realmente tanta diferencia entre sus apetitos y los del paladar, el descubrimiento de algo despierta al júbilo, una conclusión puede ser placentera a grados físico, incluso puede producir bienestar. Disfrutar de las ideas y las imágenes que nos otorgan el conocimiento, enaltecen el ánimo, nos motiva, estimula la atención.
El deseo pareciera inclinación humana, es fervor que busca resolución, formas de satisfacción. No hay recompensa total, el sistema que nos provee de recursos y de la producción infinita de objetos, está diseñado para no sosegarnos. El conocimiento de esa apetencia constante, es explotada por la
mercadotecnia, al grado de que la sistemática exposición de todas esas cosas que podemos querer, se convierte en un arte, una técnica de seducción.
La provocación de la parafernalia, es asunto evidente, cuando la vemos atractiva y efectista. La competencia ha hecho de la retórica un acto de disuasión, y ha transformado a la imagen en una aparición seductora. No hay casi nada que no pueda convertirse en oferta o en objeto vendible, parte del sentido de las cosas es su capacidad de transformarse en mercancía deseable.
La oferta juega con el preámbulo que se da entre el desear y obtener, explota todas las posibilidades, moviliza las alternativas y las formas de representación de las cosas. El deseo encara hoy sólo las apariencias, diversas formas de fingimiento de los objetos, porque esmerarse en la apariencia es una prioridad. En tanto el destino de la apariencia depende de su aceptación, todo su ser se va en ella. Todo se apuesta al fingimiento, a tal grado que el éxito lo obtiene quien es más eficiente en el simulacro, quien logra mejorar el engaño, ante un embaucado que acepta con tolerancia la impostura. El fingimiento en sí mismo no es una objeción contra una oferta, mientras se haga con perfección y excelencia. El refinamiento en el engaño, la sofisticación de la representación es buscada aun por encima de lo verídico, en tanto que un objeto llano y real, no representa ningún interés estético, y en absoluto muestra nada deseable. El deseo hoy menos que nunca encontrará satisfacción ante los puros simulacros, ante las invenciones elaboradas para mantenerlo latente. La línea del mercado está proyectada para satisfacer sólo aparentemente, insubstancialmente, sin peso ni contenido.