Es inusual que las películas estadounidenses acudan a tales recursos. Una regla no escrita de Hollywood dicta que no se desnuda el ego masculino, y mucho menos se expone a la vista esa parte del cuerpo que parece definir tajantemente su sexualidad.
Sin embargo, con este filme, el realizador Steve McQueen hace pensar que esos impulsos masculinos que la cultura popular ha considerado siempre ordinarios, la imagen del hombre como esclavo del sexo, probablemente merecen el escrutinio precavido de la psiquiatría.
Al parecer el director entendió que se trata de un tema serio y quiso demostrar las profundidades que distinguía, poniéndole las cosas difíciles al espectador. Echa a correr la narración sin diálogos, enlazando el presente y el pasado, y repitiendo incidentes para dar una idea de rutina.
A lo largo de todo ese tramo ciertos sonidos se vuelven significativos, el ruido de las persianas de la habitación, el de la ducha, el de la contestadora telefónica donde una voz repite: “Brandon ¿dónde estás?”.
El ritmo pausado y la sensación de vacío es desde la primera imagen un imperativo del relato. Un hombre acostado en la cama mira al techo. No se mueve ni parpadea, de pronto se incorpora y sale de cuadro, pero la cámara se queda fija en la cama desierta de sábanas blancas.