La Academia de la Lengua Española define gazapo como un “conejo nuevo”, pero, también, como un “yerro que, por inadvertencia, deja escapar quien escribe o habla”. Y no sólo quien escribe o habla: desde que existe el cine, se aplica también este término a los errores cronológicos, visuales, sonoros... que a menudo se cuelan en las películas, obras colectivas por antonomasia.
El de los gazapos es un fenómeno tan antiguo como el séptimo arte: hay casos clamorosos, como el de Ed Wood, considerado “el peor director de cine de la historia”. Las mediocres películas de terror que dirigió en los años 50 son hoy objetos de culto, y no precisamente por su calidad fílmica: eran auténticas chapuzas cinematográficas, repletas de errores
garrafales, pero dotadas, a su vez, de un peculiar encanto ‘naif’, que Tim Burton, fan confeso de Wood, supo trasladar a la perfección en la desternillante película biográfica que dirigió en 1994.
Pero no hace falta buscar casos tan extremos como el del artífice de grotescas películas como ‘Plan 9 del
espacio exterior’. En títulos legendarios de la historia del cine, como ‘Casablanca’ (Michael Curtiz, 1942), también es posible encontrar alguno que otro gazapo: así, en la escena en la que Bogart espera al tren en la estación, soportando estoicamente una persistente lluvia, su gabardina está, lógicamente, empapada;
pero, en el siguiente plano, cuando sube el vagón, la prenda de Rick, milagrosamente, está completamente seca.
Éste y otros errores –en ‘Casablanca’ hay contabilizados 17 están ampliamente recogidos en incontables
portales de Internet. Quizá el más completo sea “moviemistakes” (www.moviemistakes.com), la web del británico Jon Sandys, un fanático de los gazapos que hace siete años decidió recopilarlos “por pura diversión”.
Lo que empezó como un mero hobby ha acabado convirtiéndose en un lucrativo negocio para Sandys: la mayoría de los contenidos de su página son de libre acceso, pero quien pretenda saciar su curiosidad viendo las imágenes de los gazapos que reseña, tendrá que desembolsar una cuota de 10 dólares al año. Según Sandys, su página recibe una media de 20.000 visitas diarias.
El internauta británico se ha tomado en serio su afición: su web cuenta con un motor de búsqueda de gazapos, foros de discusión, y las sempiternas listas que, a modo de ‘rankings’ de “grandes éxitos”, recopilan las películas que gozan del dudoso honor de contener el mayor número de errores.
‘Titanic’, récord absoluto
Hoy por hoy, pocos discuten que ‘Titanic’ (James Cameron, 1997) fue un título hiperbólico en todos los sentidos: en presupuesto (200 millones de dólares, la película más cara de la historia en su momento), en efectos especiales y, claro está, en el éxito que cosechó.
La recreación del hundimiento del famoso trasatlántico batió todos los récords en taquilla, y además, arrasó en los Oscar: consiguió 11 de las 14 estatuillas a las que aspiraba, igualando a ‘Ben Hur’ (William Wyler, 1959), hasta entonces, la película más laureada de la historia.
Curiosamente, y siempre de acuerdo con la web de Sandys, ‘Titanic’ también encabeza las listas de gazapos, con nada menos que 179. Algunos de ellos, por cierto, de lo más clamorosos: en una de las últimas escenas, varios de los despavoridos pasajeros que huyen del malogrado barco en botes salvavidas llevan modernos relojes digitales en sus muñecas... y eso que el Titanic se hundió en 1912.
Menos mal que James Cameron, director de la película, se preció de haber respetado al máximo el rigor histórico: “Los cineastas, cuando narramos un trozo de historia”, declaraba en enero de 1998, poco antes de la ceremonia de los Oscar que le encumbró definitivamente, “debemos ser lo más precisos y fidedignos que sea posible”.
Y es que los gazapos de ‘Titanic’ no se limitan a una poco afortunada recreación histórica: la película contiene, al menos, un par de situaciones en las que las más elementales leyes de la física y la lógica son pulverizadas.
Por ejemplo, la longitud de las uñas de Kate Winslet, la heroína de la historia, que varía de forma escandalosa durante toda la película (ora más cortas, ora más largas... y así sucesivamente); y, en una de las últimas escenas, cuando los botes salvavidas regresan al lugar del naufragio para buscar supervivientes, alguien grita: “¿Hay alguien vivo?”, y sólo obtiene una respuesta... la del eco, un fenómeno altamente improbable, teniendo en cuenta que la acción se desarrolla en medio de la inmensidad del océano...
En cualquier caso, sería injusto cebarse en exceso con ‘Titanic’ y sus múltiples errores; de hecho, ‘Ben Hur’ (1959), la película con la que rivalizó en número de Oscar, también contenía un espectacular anacronismo histórico: en plena época romana, un hombre que tocaba la trompeta portaba, como en ‘Titanic’, un vistoso reloj de pulsera.
Las más propensas
Y es que las producciones de época son, por razones obvias, las más expuestas a este tipo de patinazos: otro de los títulos más exitosos de los últimos años, ‘Gladiator’ (Ridley Scott, 2000), ocupa un respetable cuarto puesto en el ránking elaborado por Jon Sandys, con la friolera de 122 errores (el segundo y el tercer puesto está reservado a las dos entregas de la saga ‘Harry Potter’).
Uno de ellos es especialmente notorio: en la primera batalla que se libra en el imponente Coliseo Romano, pueden apreciarse con toda claridad las bombonas de aire comprimido que portan las cuadrigas en su parte inferior, para poder saltar por los aires. No se puede negar que las citadas bombonas cumplieron su labor a la perfección, a juzgar por los espectaculares vuelcos que sufren los carros, pero una mayor discreción no habría estado de más...
Lo curioso es que, con un presupuesto de más de 100 millones de euros, la película protagonizada por Russell Crowe se llevó 5 Oscar: mejor película, mejor actor protagonista, vestuario, sonido... e, ironías de la vida, mejores efectos especiales.
Idéntico número de estatuillas cosechó seis años antes ‘Braveheart’ (1995). Como era de esperar, tampoco esta superproducción, que rememoraba las andanzas del héroe escocés William Wallace, se libra de este rosario de clamorosos patinazos visuales.
Así, en una de las batallas, Mel GibsonWilliam Wallace, totalmente entregado al fragor de la contienda, parece dotado del don de la transustanciación. A medida que se van intercalando planos de las tropas escocesas e inglesas, vemos cómo Gibson cambia sucesivamente de arma: primero porta un hacha, luego se encomienda con gran valentía al poderío de sus puños, y, justo después, como por arte de magia, aparece con una voluminosa espada entre sus manos.
En descargo de Gibson, habría que decir que el australiano, además de encarnar al personaje protagonista, se encargó de la dirección... Quizás esa multiplicidad de tareas explique que, en la primera de las batallas, una furgoneta blanca se cuele en la esquina superior izquierda de la pantalla, algo sencillamente imposible, teniendo en cuenta que la película transcurre en el siglo XII.
Lo mismo ocurrió en otro título de época mucho más antiguo, ‘El Cid’ (Anthony Mann, 1961). En esta ocasión, fue un inoportuno Seat 600 el vehículo que quiso disfrutar de su instante de gloria cinematográfica. Esta cinta, rodada en España y protagonizada por Charlton Heston, cuenta con otros jugosos gazapos, como las gafas de sol que luce uno de los extras, o los ya clásicos relojes de pulseras, tan inapropiados para la época medieval.
El mago deportista
El género fantástico permite a los directores tomarse licencias visuales impensables en películas de época como ‘Gladiator’. Pero no parece que las modernas zapatillas deportivas que Gandalf, el mago de ‘El señor de los anillos’, luce en una de las escenas de ‘Las dos torres’ (2002), respondan a un intento de Peter Jackson, responsable de la adaptación de la novela de Tolkien, por dotar al anciano hechicero de un aire más juvenil.
El desaguisado, en definitiva –como todos los anteriores, parece más fruto de las prisas o, peor aún, de la falta de celo por parte del equipo a la hora de cuidar el siempre imprescindible ‘raccord’, o lo que es lo mismo, la continuidad lógica que siempre deben guardar los planos de una película.
En vista de esta sucesión de meteduras de pata, presentes, para más inri, en las producciones más caras del cine actual, resulta inevitable preguntarse cómo es posible que los directores –que, a la hora del montaje, ven el material rodado incontables veces dejen pasar estos fallos... Posiblemente, todo se reduzca a una cuestión de presupuesto: repetir una escena en la que cientos de extras se afanan por recrear una sangrienta batalla, por culpa de una inoportuna furgoneta que sólo aparece un par de segundos, es algo que pocos pueden permitirse. En definitiva, una vez más queda constatado, por si hacía falta recordarlo, que nadie es perfecto... Y no hay que olvidar que, al fin y al cabo se trata, nada más y nada menos, de cine.