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Mochilazo en el tiempo

por (EL UNIVERSAL)
2/3/2017 7:22:00 PM
Pocos saben que los pegasos de Bellas Artes, antes de estar aquí, adornaron por casi una década las cuatro esquinas del zócalo capitalino
En la mitología griega clásica, el Pegaso era un caballo alado inmortal que llevaba consigo los rayos de Zeus —padre de los dioses— y moraba en los establos de Olimpo.

A la figura del Pegaso se le han atribuido ciertos significados, como ser el símbolo de la velocidad por la fuerza de su galopar y elevarse al vuelo, también de aquello que asciende y un generador de inspiración. La Ciudad de México cuenta con cuatro icónicos pegasos que, acompañados por figuras masculinas y femeninas, flanquean una de las plazas más representativas de la capital, la del Palacio de Bellas Artes.

El arribo. Como parte de los festejos del Centenario de la Independencia, el entonces presidente Porfirio Díaz mandó a construir un nuevo Teatro Nacional. El encargado de llevar a cabo el proyecto fue el arquitecto italiano Adamo Boari de la mano de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, arrancando oficialmente en 1904.

Además de contemplar al edificio en sí, Boari pensó en la ornamentación que requeriría un proyecto de tales magnitudes, por lo que contactó a escultores europeos para que con sus habilidades y destrezas artísticas representaran a las musas de las artes y elementos representativos de la fundación de la capital, dejando a la vista el sincretismo cultural con el que se vive en México.

Uno de ellos fue Agustín Querol, escultor catalán creador de los pegasos que hoy en día están en el Palacio de Bellas Artes. A pesar de que no se tiene documentación, se dice que Boari alguna vez vio los pegasos que Querol había realizado para el Ministerio de Agricultura en Madrid, España y lo contrató. El plan original de Boari era que los pegasos coronaran la parte superior del Palacio y lo cumplió un año después de que llegaran a México, en 1911.

El cronista Héctor de Mauleón dice que su arribo fue “dentro de unas cajas de madera en enero de 1911, cuatro meses antes de la caída de don Porfirio (…) Cuando las cajas con los Pegasos llegaron a esta ciudad, los diarios les dedicaron apenas unas cuantas líneas.

Para 1912, los cuatro pegasos provenientes de Europa ya engalanaban la ciudad. Nueve años después fueron removidos ya que su peso aceleraba el hundimiento del Palacio y, aunado al abandono que tuvo la construcción del Palacio de Bellas Artes debido al clima social y político de la Revolución, fueron enviados a vestir las esquinas de la Plaza de la Constitución en 1921.

El hecho no agradó a los intelectuales nacionalistas, el poner los pegasos que Porfirio Díaz había pagado en la plaza más importante de la capital era “indigno”, según dice Mauleón. Para ese entonces gobernaba Álvaro Obregón y a oídos sordos de las quejas, instaló a los pegasos en las cuatro esquinas del Zócalo, donde permanecieron por siete años.

Sin embargo, en la década de 1930 se retomaron los trabajos de construcción del Palacio de Bellas Artes bajo la tutela del arquitecto Federico Mariscal, quien decidió que era necesario que los pegasos regresaran a formar parte del que pasaría a ser uno de los conjuntos arquitectónicos más simbólicos de la capital. Se colocaron entonces frente al Palacio y sólo han sido reubicados una vez más, tras la construcción del estacionamiento subterráneo del recinto.

El paso del tiempo. Es lógico pensar que un objeto expuesto al aire libre por más de 100 años puede presentar algunas imperfecciones, claro que con el cuidado y atención necesaria los daños no serían percibidos.

Sin embargo, en mayo del año pasado, nuestra compañera Abida Ventura reportó que un grupo de especialistas en restauración y patrimonio dieron a conocer la presencia de manchas de color verde en los pedestales de los pegasos, como resultado del escurrimiento de algún material utilizado en una restauración previa, o bien, por falta de mantenimiento adecuado.

El Instituto Nacional de Bellas Artes explicó que las manchas eran producto de lluvia ácida y los contaminantes de la ciudad; meses después, en noviembre, dio inicio la restauración oficial de los pegasos y sus pedestales.

“Consultado por EL UNIVERSAL, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) indicó a través de su oficina de Comunicación Social que esos trabajos de conservación consistirán en limpieza general de las esculturas, soldadura en fisuras y aplicación de capa de protección de cera”, escribió Abida Ventura.

Los trabajos de restauración los está realizando el Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam), que seguramente serán acompañados “con lupa” por especialistas en la materia y evitar de esta manera que los cuatro corceles alados tengan la misma fortuna que el también errante, Carlos IV, mejor conocido como El Caballito.

En la actualidad, dos de las cuatro esculturas —y sus pedestales— se encuentran rodeadas por andamios y mantas negras, uno de ellos tiene una lona donde se explica de manera general el tránsito —de los pegasos— por dos de las plazas más famosas de la ciudad y se informa que están en un proceso de restauración que llevará 3 meses.

Los otros dos presentan sus pedestales “emplayados”, ya que en años pasados solía suceder que en protestas sociales algunos personajes rayaban el mármol o lo pintaban con aerosol. En medio, presentan una placa dorada donde se puede leer:

“El Palacio de Bellas Artes, con sus áreas circundantes, fue declarado Monumento Artístico el 4 de mayo de 1987, por lo que, conforme a la Ley Federal de Zonas y Monumentos Arqueológicos, Artísticos e Históricos ‘será sancionado con prisión de uno a diez años y multa hasta por el valor del daño causado, quien por cualquier medio dañe o destruya un monumento arqueológico, artístico o histórico’ Ayúdanos a cuidar lo que es de todos”, firmando el Instituto Nacional de Bellas Artes.

Esperando que los pegasos sean entregados en el tiempo informado, nos dimos a la tarea de enseñar a los transeúntes de la zona fotografías donde los pegasos estaban en el Zócalo. Con caras de sorpresa unos contestaron que no sabían o que nunca lo habían imaginado, otros dijeron que siempre habían visto que eran esculturas pero que no les habían prestado atención.

Una señora sonrió y nos dijo que la historia nunca deja de sorprenderla y nos exhortó a seguir compartiendo las “cosas de la ciudad que sólo pocos saben”. Lo cierto es que una ciudad tan grande como esta, “pocos” pueden ser millones, pero tiene razón al decir que no dejemos de contar estas pequeñas historias, porque sabiendo la importancia de “algo”, será la única forma en la que nos podemos comprometer a protegerlo y valorarlo.

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