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Edición sábado, 14 de noviembre de 2009

Salvan del fuego a 134 abuelitos

Por
Lizbeth DÍAZ ARROYO
sábado, 14 de noviembre de 2009
Se publicó en: Edición impresa
TIJUANA.- Un incendio que casi devastó la casa hogar para ancianos El Refugio, situado en lo alto de una montaña de tierra, evidenció el abandono, desdén social y gubernamental, en el que han vivido años 134 ancianos.

Así quedó demostrado ayer, cuando fueron evacuados del lugar que se sitúa en la colonia Salvatierra, en San Antonio de los Buenos, donde han vivido cerca de 5 años, “gracias al amor y caridad de la gente”, pero sobre todo por la protección de Dios.

De esta forma lo expresan voluntarios, residentes del lugar y vecinos de los “niños grandotes” que se mostraban nerviosos, espantados y apenas podían contestar algunas preguntas. Hecho que combinó la incertidumbre y el pánico con el frío.

La casona vieja, de madera, entre blanca y carcomida, quedó negra de humo y desechos de todo tipo, prácticamente lo que dejó el incendio que se registró en el segundo piso del lugar, el que milagrosamente no logró alcanzar a los 134 ancianitos, una buena cantidad de ellos en silla de ruedas.

Uno de ellos, se informó, presentaba quemaduras ligeras, era un hombre de 88 años de edad, quien puede reportar posteriormente algunos efectos mayores, especialmente por el entorno en que vive.

Esta casa vieja, donde muchos fueron abandonados por sus familiares, ayer quedó temporalmente inhabilitada, y podría abrir sus puertas cuando logren reestablecer lo que aún sirve.

Sin causa determinada, el incendio se registró en una de las lúgubres habitaciones, cerca de las 14:20 horas, tal como lo marca el reporte que recibió la Dirección de Bomberos de esta ciudad.

“Apenas estábamos comiendo, vimos cómo empezó a salir humo de una de las habitaciones”, dijo el pastor Jesús Mondragón, encargado del lugar, que apenas se mantenía en pie.

“Cuando nos dimos cuenta empezamos a sacar a los abuelitos, yo hasta me lastimé un brazo porque teníamos que hacerlo rápido. Algunos vecinos vinieron a ayudarnos”.

El hecho despertó a la comunidad cercana, movilizó a una importante cantidad de bomberos, policías municipales, personal de Protección Civil en Tijuana, de Cruz Roja y del DIF municipal.

Así, es como los abuelitos salen nuevamente del anonimato, donde se han mantenido alejados de la sociedad y en especial de muchos de sus familiares que prometieron ir a verlos una vez por semana, pero no volvieron.

Desalojo

La movilización fue creciendo mientras los residentes de la casa El Refugio eran sacados del vetusto asilo, trabajo en el que también intervinieron vecinos y por lo que se pudo evitar una tragedia mayor.

Agentes policíacos, Bomberos y personal de Protección Civil formaron una valla humana, mientras a unos metros, las unidades de Cruz Roja recibían a los abuelitos que sufrieran algún trastorno, efecto causado por el humo o el fuego.

Poco a poco los fueron concentrando en un predio abandonado que se encuentra frente a El Refugio, donde ellos se mantuvieron con el impacto del viento y el frío, mientras eran transportados en camiones a las instalaciones del Gimnasio en el Salvatierra.

Con su piel seca, del viento y la tierra, titiritando de frío, tapados con cobijas que lograron extraer de la casa hogar y otras que llevaron vecinos, se mantuvieron en ese sector que fue acordonado, también para evitar más desorden.

Como pequeños niños espantados, se observaban, la incertidumbre por su futuro los atribulaba. Muy quietos, pero a la expectativa, localizaban con la mirada a sus compañeros mientras se alejaban en una fila y eran subidos a un autobús azul, donde serían trasladados a su hogar temporal.

Los llamaban a gritos por su nombre, las personas que suelen cuidarlos buscaban tranquilizarlos y explicarles con simples palabras que “no pasaba nada, que tenían que llevarlos a otro lugar porque la casa donde vivían no era segura por el momento”.

En la escena, hubo quienes los ayudaron, pero también quienes se dedicaron a observar como si el sufrimiento humano fuera parte de una atracción. Les tomaron fotos y se fueron a sus casas sin mayor aspaviento.

En otro escenario, incluso agentes policíacos cobijaron a los abuelitos. Los tomaban con un brazo, los ayudaban a conducirse hacia la unidad sin descuidar el arma larga que llevaban en la otra mano. Inmediatamente los entregaban a bomberos y elementos de Protección Civil.

Un lento caminar permitió a algunos, por su propio pie, subir a las unidades. Otros tantos sin poder ver o caminar, tuvieron que ser conducidos en sus sillas de ruedas en la valla humana que se volvió a formar entre la tierra del lote baldío -donde aguardaban- hasta la puerta del camión viejo.

Desconcertados, algunos comenzaron a llorar, otros gritaban, pero al mismo tiempo se consolaban con su compañero de al lado, quien sentado en una silla de plástico tenía la necesidad de protegerse del frío, como prioridad.

Así, 88 hombres de la tercera edad y 54 ancianitas fueron conducidos a un albergue especial, que será su hogar temporal, en espera de (que) quien los abandonó, esta vez sí les pueda tender la mano.

“Se buscará la manera en que puedan ser apoyados, se habló con el DIF y algunas instancias de gobierno para que tengan un lugar donde permanecer, al tiempo se hace el llamado a los familiares para que acudan por ellos”, dijo el director de Protección Civil Estatal, Alfredo Escobedo Ortiz.

Desdén

La casona comienza con escalones embarrados en la tierra, una especie de rampa que asoma la pobreza del lugar, la que ayer lucía mojada por la cantidad de agua con la que bomberos lograron sofocar el incendio.

Sus habitaciones irregulares tienen lo indispensable para que los abuelitos puedan estar, ser bañados “a jicarazos”, por lo que gastan -en promedio- un tanque de gas diario, aunque no todos los días se tenga para ello.

La voluntad que llega de vez en cuando de un buen samaritano es lo que al final del día determina ¿qué es lo que se van a llevar a la boca el resto de la semana?, alimento que milagrosamente se va estirando para que alcance para todos.

La enfermedad, es otro factor que los puede identificar como parte del lugar, en el que apenas sobreviven. Unos apenas ven, otros ya perdieron la visión, dejaron de caminar o tienen enfermedades crónicas.

El medicamento y la atención a la salud es escasa, aunque desde el lugar se hace lo necesario para que ellos salgan adelante en medio de la enfermedad, por lo que no reciben apoyo alguno de nivel institucional.

Como una situación urgente, se pidió a la sociedad que de ser posible atienda al llamado de ayudar a estas personas, para lo que pueden comunicarse al teléfono del centro 700-65-67, con el hermano “Chuy”. Suena como un grito desesperado, pero les urge recibir ayuda.

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