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(EL UNIVERSAL)

A sus 80 años, Manuela vive en las montañas

por (EL UNIVERSAL)
11/30/2017 11:00:00 AM
Tras ser desplazada por comuneros que le arrebataron su patrimonio
TUXTLA GUTIÉRREZ.- Manuela Díaz Luna, de 80 años de edad, perdió la cuenta de los días que ha vivido entre las montañas de Chenalhó, desde que hombres armados irrumpieron en su aldea en Canaluntic, para quemar su casa y alardear que más de mil 500 hectáreas de tierras que poseen comuneros de Chalchihuitán, son suyas.

Ese 18 de octubre, Manuela fue sorprendida por los hombres armados cuando cocinaba. A patadas tiraron la olla de frijoles y el café que la anciana preparaba para el día. Los hombres reían y disparaban sus armas al aire y antes de retirarse a su municipio, incendiaron la vivienda de la mujer y mataron a Samuel, un habitante del lugar.

La anciana puedo ver su casa en llamas, cuando ascendía con su paso cansado hacia el centro del poblado, donde ya habían congregado 391 hombres y 241 niños, que también dejaron sus hogares, por encontrarse en el territorio en disputa.

Desde ese miércoles, las 65 familias ya no pudieron volver a casa, perdieron animales de corral, caballos y el café; algunas familias se fueron a vivir con conocidos y otros peregrinan por la montaña.

Cuando algunas de las familias quieren volver a sus hogares, los paramilitares de Chehalhó leales a la alcaldesa del Partido Verde Ecologista (PVEM), Rosa Pérez Pérez, empiezan a disparar sus armas de fuego. El martes por la tarde el grupo armado accionó sus armas a partir de las 18:00 horas.

Manuela Díaz Luna parece cansada; tiene las plantas de los pies resecos de costras de lodo y no deja de toser. Dice que desde que vive en la montaña tiene una enfermedad que le corta la respiración. Le gustaría recibir medicinas, para aliviarse, pero lo que más anhela es volver a casa.

Bajo la carpa que levantaron los hombres, entre los cafetales al pie del camino que lleva a la cabecera municipal de Chalchihuitán, Manuela está sentada entre un grupo de 16 niños que se protege del frío con una cobija, mientras otras mujeres se congregan alrededor de una hoguera donde cuecen frijoles, el principal alimento que han probado desde que se desarraigaron.

Cerca de la anciana, Hernestina Sánchez Pérez, de 15 años de edad, amamanta a su hija Elizabeth, de un año y 4 meses, pero al igual que Manuela ella también ha perdido la cuenta de los días que ha permanecido en la montaña. “Salí porque ha habido mucha bala”.

A dos kilómetros de ahí, otro grupo de mujeres, comen tortillas secas y toma pozol agio. Ellas cuentan que durante estos 42 días de destierro, han sobrevivido con caña, naranjas, tostadas, pozol, frijol y chayote que ha mandado el Pueblo creyente de la parroquias de Simojovel y Chalchihuitán.

Desde que se recrudeció la violencia, dos mujeres han dado a luz en la montaña, con la ayuda de parteras de las comunidades, ya que las clínicas del IMSS y la Secretaría de Salud no tienen médicos, ni enfermeros, porque temen entrar a trabajar.

La cabecera municipal de Chalchihuitán está paralizada, ya que el único acceso para llegar al pueblo es por el municipio de Simojovel, por un camino de terracería en mal estado que serpentea por las montañas de bosques intermedios diezmados, para dar paso a la milpa.

Las escuelas de la cabecera municipal y de la zona en disputa entre los tzotziles, están cerradas. La comunidad Pom, donde se han desplazado 2 mil personas, parece un pueblo fantasma. Solo algunos hombres se atreven a caminar por las calles.

La misma desolación se perciben en las aldeas de Cruztom, Tzomoltón, Bololchojon, Tulantic, Bejeltón, Chenmut y Canalumtic, pueblos donde los pobladores se han concentrado en los puntos más lejanos al territorio en disputa o se han ocultado entre las montañas.

Los tzotziles aseguran que este panorama que se vive en el territorio de más de mil 500 hectáreas, es parecido al que se vivió hace 21 años, cuando ocurrió la matanza de Acteal, con disparos de armas de fuego, emboscadas, quemas de casas y el desarraigo de familias, pero “el gobierno nunca hizo nada, hasta que mataron a los hermanos”.

De hecho, de la zona en disputa a la comunidad Acteal, no dista más de legua y media.

Los tres caminos de acceso que han sido cortados por los paramilitares desde hace 15 días, ha provocado escasez de alimentos de primera necesidad y gasolina, comercios de la cabecera municipal de Chalchihuitán.

El martes corrió el rumor de que el acceso que va de la comunidad Las Limas, en Chenalhó, había sido habilitado, pero un grupo de indígenas se acercó y pudo ver que todo seguía como 15 días, cuando los hombres armados cavaron zanjas de 2 metros de largo por 3 de profundidad.

En la cabecera municipal, han llegado familias de desplazados para vivir de manera temporal en casas particulares y en la parroquia de San Pablo, donde el sacerdote Sebastián López López ha organizado la ayuda humanitaria para los 5 mil personas de desarraigados.

Las familias acordaron dispararse en varios grupos, con el fin de que en caso de que ocurra un ataque de los paramilitares, no los encuentren congregados de forma masiva.

Clara Torres, una mujer desplazada habla mientras miembros del Pueblo creyente de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, reparte ayuda humanitaria y explica que los habitantes de Chalchihuitán, no tienen metralletas para defenderse, porque la única arma “que tenemos es la palabra de Dios”.

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