JUEVES, 23 DE MAYO DE 2013
 
 

DESAFÍO

: De viejos aliados : Demasiados Amigos : Banquero Olvidado

Por Rafael LORET DE MOLA

Publicado (Edición impresa)

Sería muy complejo, más de lo que ya es ahora, escribir la historia contemporánea sin detenerse en las grandes traiciones que constituyen los verdaderos hilos conductores. Es como una suerte de fatalidad, imposible de evadir para colmo, impuesta al sentido de supervivencia natural y al propósito de ser superiores a nuestros desafíos.

Alguna vez concluimos, mi esposa Claudia y yo, que si la historia del mundo no estuviera rebosante de episodios en los que los hijos matan a sus padres y los hermanos forcejean y se asesinan entre sí, en guerras dinásticas interminables que ahora confluyen hacia los escenarios del poder financiero, no tendríamos porqué ser mal pensados. Para infortunio colectivo, la recurrencia de la ambición, siempre egoísta, suele contaminar las alianzas en apariencia más sólidas hasta dar cauce a enemistades incontestables. Quizá ello explica, entre otras cosas, las distancias impuestas a los ex presidentes de México tras haber ejercido el mando a plenitud durante un sexenio pleno.

En todos los planos se evidencia la infección de los afectos cuando la ineludible competencia vital enfrenta a los amigos entre sí y, en no pocas ocasiones, llega a destruirlos. Sólo quienes tienen la mente y el corazón fríos, tanto para sobreponerse a las emociones arraigadas para exaltar por encima de éstos a los instintos –digamos la guerra sobre el amor-, sobreviven y ganan.

Pienso, claro, en el clan Bush y su prepotencia sin disimulo; y en Obama y su pretendida y falsa ingenuidad. El polo de la perversidad, desde la sesgada visión de la Casa Blanca en donde quienes no son sus aliados deben ser vistos como sus enemigos –así lo expresó George junior para reprender a los jefes de Estado que no se sumaron a su cruzada bélica contra Irak hace años-, tuvo durante el lapso presidencial del segundo dos rostros que se convirtieron en referentes del maligno sobre la tierra: Osama bin Laden y Saddam Hussein, los dos ajusticiados, el segundo después de un juicio al que se calificó como “justo” por parte de los invasores y captores del ex dictador que osó desafiar a la hegemonía estadounidense, su verdadero pecado.

Insisto: a Hussein no se le derribó por sus condición de tirano intratable –no son pocos los autócratas merecedores del cobijo de Washington y sus mandamases-, sino por haber roto lanzas contra la gran potencia de nuestra era, más bien de todos los tiempos, incordiando a los pasajeros ocupantes de la célebre oficina oval. De haberse plegado a las presiones de éstos, no me cabe duda alguna, específicamente para asegurarse mayores disponibilidades de petróleo, Hussein continuaría mandando con todo y los horrores conocidos –que en este caso serían suavizados con mil maquillajes mediáticos-, con las bienaventuranzas de los Estados Unidos que le vería como su “aliado”, caminando los mandatarios por los extensos jardines de Camp David. Sólo es cuestión de acomodos, entre buenos y malos, en el mapa que exhibe la geopolítica universal.

Hagamos memoria. Lo de Bin Laden se engloba en un contexto semejante. Como se difundió en su oportunidad –remito a los amables lectores a “Confidencias Peligrosas”, Océano, 2002-, en 1977 los Bush fundaron “la próspera empresa Arbusto Energy Inc., -la traducción en español del nominativo bush es arbusto-, destinada a la exploración petrolera, como una extensión de la mexicana Perforaciones Marítimas del Golfo (PERMAGO), compañía que tuvo como socio, entre otros, a uno de los grandes conocedores mexicanos del tema: el ingeniero Jorge Díaz Serrano quien fue designado director de PEMEX en diciembre de 1976. (Bush padre alcanzó la vicepresidencia de los Estados Unidos en 1981).”

No es todo, naturalmente. Entre los accionistas de “Arbusto” figura, nada menos, Salem Bin Laden, hermano mayor de Osama y quien controlaba las numerosas empresas de la familia. Tal “coincidencia”, por supuesto, es demostración fehaciente de los contactos de éstos con los “arbustos” y debería haber determinado una investigación mucho más completa que los esbozos periodísticos. Pese a ello, los órganos de justicia de la Unión Americana, mismos que no se tientan el corazón para dictaminas la pena de muerte para “negros” y mexicanos, nada hicieron con tal de preservar la imagen de su presidente quien, claro, a pesar de esta tremenda carga y gracias al aprovechamiento tendencioso de las secuelas del terrorismo, esto es sin brindar explicaciones sobre raíces y sociedades, pudo reelegirse en 2004.

Para algunos acuciosos observadores, la tragedia de Nueva York –sobre el supuesto avión que se alega se estrelló en el Pentágono tenemos dudas más que razonables-, posibilitó la crecida en la popularidad del señor Bush y de su grupo partidista. Recuérdese que los primeros comicios presidenciales de éste se vieron infectados por el desaseo y la confusión que se dio durante los escrutinios en Florida, bajo el gobierno de Jeb, hermano de George, y sólo pudieron confluir hacia la normalidad tras el retiro de Al Gore, su rival demócrata, que optó por preservar al establishment aunque él no alcanzara el sueño de la Casa Blanca. Pero, desde luego, no se hundió y finalmente se convirtió en icono de la lucha ambiental... acaso ara justificar la negligencia del gobierno de los Estados Unidos, del que él formó parte como vicepresidente, en la materia. Una buena reflexión que debiera hacerse Andrés Manuel López Obrador.

Todo parece salido del mismo libreto y de las mismas mentes calculadoras. Y no hay otro hilo conductor que el señalado anteriormente: las complicidades revierten en la nación que presume no tener amigos sino sólo intereses.

Debate

De la misma manera van y vienen los funcionarios públicos y las designaciones forzadas. No para la costumbre porque en el camino, naturalmente, los azares de la vida llevan los afectos y las rencillas de un lado a otro. Dicen quienes saben de estas cosas que nada es peor a un pleito entre hermanos y a una enemistad cuyas fuentes están en la más profunda de las amistades. Nos vemos todos en el dantesco espejo de Lucifer, el príncipe de los Arcángeles, convertido en Satanás cuando creyó llegada la hora de disputarle la gloria a Dios. La tremenda enseñanza pervive en la perspectiva actual.

No olvido, por ejemplo, un caso singular, el de Jaime José Serra Puche, quien se desempeñó como secretario de Comercio y Fomento Industrial durante el régimen de Carlos Salinas de Gortari -1988-94-, y duró sólo 29 días justos como secretario de Hacienda en la administración sucesora, la de Ernesto Zedillo. De este cargo fue desprendido, casi de manera automática, como parte de los saldos por la crisis de liquidez del gobierno que quedó registrada bajo el estigma del “error de diciembre”, previsible por cierto aun cuando el personaje no pudiera atajarlo a tiempo.

Serra, tiempo después, y a contracorriente de sus propias lealtades –cualquiera podría estimar que se mantenía más cerca del insidioso grupo salinista-, se manifestó a favor de Zedillo a quien mencionaba, siempre, entre signos de admiración:

--Lo que sucede –me dijo durante una velada en Cancún-, es que Zedillo no tolera las medianías y le impacientan. El disfruta, y mucho, cuando tiene como contertulios a intelectuales talentosos y economistas de renombre. A los demás, sencillamente, no los soporta. Es un hombre brillante.

Cuando le escuché no niego que tuve un ataque de perplejidad imposible de disimular ante los ojos de quien extendía la confidencia. Él lo captó y subrayó:

--Me siento más cercano a Zedillo; con Salinas tengo muy poco contacto.

Y eso que fue Zedillo quien lo arrojó fuera del gabinete presidencial a diferencia del blindaje que le proporcionó Salinas durante todo un sexenio. En eso de las lealtades también los secretos, los misterios y dobles lecturas tienen peso específico. Y las cosas, desde luego, nunca son como parecen.

Jamás hubiera podido imaginar Luis Echeverría, el ex presidente más nostálgico del poder, que su amigo de toda la vida y sucesor en la Presidencia, José López Portillo, le enviara al sitio más alejado de México, precisamente a Canberra, respondiendo con ello a su insolente petición de erigirse en senador vitalicio a la manera del romano Consejo de Ancianos. Pero así fue lo que determinó el fin del echeverriato aunque muchos todavía tardaran en asimilarlo.

La Anécdota

Recogí la historia en “Confidencias Peligrosas” –Océano, 2002-, y ha ganado ya, por tanto, lo que puede denominarse “jurisprudencia periodística”, esto es la fe pública que se obtiene con argumentación contundente y sin lugar a réplica.

Entre 1985 y 1989, Carlos Cabal Peniche, llamado el “rey Midas” del salinato pero ligado fuertemente a la familia de Miguel de la Madrid –Federico, hijo del ex presidente fue accionista de algunos consorcios confluyentes- recibió fuertes participaciones provenientes del Medio Oriente. Recogí el siguiente testimonio confidencial:

--Entre esos mismos años, Khalid Bin Mahfouz, empresario saudí del petróleo, invirtió grandes cantidades de dinero a favor de las operaciones de Cabal y Federico de la Madrid, entre ellas el Grupo Financiero Anáhuac, por recomendación del Banco de Crédito y Comercio Internacional (el BCCI, clausurado en 1991 en Estados Unidos al encontrarse sus contactos con traficantes de armas, terroristas y narcos).

Tiempo después Bin Mahfouz fue detenido, en Arabia Saudita, luego de los atentados terroristas en Nueva York, porque figura, nada menos, como el principal banquero de Osama Bin Laden, líder de los talibanes.

En ocasiones, como ésta, las complicidades son inexpugnables. ¿Y la justicia? Una carcajada viene bien.

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LA MEMORIA ES LO ÚNICO QUE PUEDE AYUDARNOS PARA EVITAR REPETIR LOS MISMOS ERRORES. DICEN QUE EQUIVOCARSE UNA VEZ ES CONSECUENCIA DE NUESTRA CONDICIÓN HUMANA; PERO A LA SEGUNDA, EN EL MISMO TERRENO, SÓLO REFLEJA IMBECILIDAD.

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E-Mail: loretdemola.rafael@yahoo.com.mx

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