Fíjese bien. La cara de Gabriel Quadri no es de verdad. Es una máscara cuarteada. Grotesca. El vehículo que usa es una pantomima para darse aires de popular: a una cuadra de donde va, se baja del auto blindado y se trepa a la quadricombi para que lo vean llegar en un transporte modesto. Es un muñeco de ventrílocuo, pero vivo, y está sentado en las piernas de una de las más —¿quién le gana?— deleznables jefas de grupos de poder de facto, cuyos cimientos se hunden en un sindicalismo antidemocrático y el instituto político al que mantenemos todos. Ella es la que habla, o calla con astucia para que el muñeco se luzca, disfrazado. Sabe usarlo.
Quadri, supuesto “ganador” del debate entre los presidenciables, miente. Necesitamos —es una urgencia nacional, de veras— que no logre la votación suficiente para que el Partido Nueva Alianza (Panal) conserve su registro y, con ello, el dinero público del que dispone (no es poco), y las monedas políticas con que sale al mercado del poder vendiéndose al mejor postor. Hay que impedir el 2% para ellos: daña a la educación.
¿En qué cabeza cabe que el candidato de un partido político a la Presidencia de la República diga que no es político, sino ciudadano? Estupidez doble: ningún candidato, por el hecho de serlo, deja de ser parte de la ciudadanía pero, a su vez, todo ciudadano que es candidato de un partido es un político. Decir, como lo hizo el 6 de mayo, que hablaría como ciudadano no es sólo faltar a la verdad, sino enmascarar que en realidad habla en nombre de una de las estructuras de poder más añeja (naftalina pura) y menos interesadas en la conformación de una ciudadanía responsable. Se trata, sabemos, del grupo que comanda Elba Esther Gordillo. Es el más claro ejemplo, hoy, del corporativismo de antaño: esa manera de ser parte, anónima, de una multitud que vende o le quitan sus derechos a cambio de un crédito a interés bajo o láminas de cartón cuando llueve mucho. Muestra la pervivencia de un pacto entre el Estado y los grupos de poder que garantizan control social a cualquier precio.
Criticaba el palero a los políticos que le acompañaban en el debate desde la soberbia de no ser uno de ellos. A otros con ese cuento: el peor político posible es el que, siéndolo, de manera vergonzosa e interesada lo niega y se regodea en negarlo.
La continuidad del acuerdo entre la presidenta vitalicia del aparato del SNTE y dueña del Panal con el Partido Acción Nacional durante 12 años, exhibe el hondo fracaso de la transición democrática y será estigma moral del PAN. A cambio del poder no perdió sólo el partido, sino que le partió la cara a lo que tenía de dignidad en la historia de la democracia en el país. Todas las promesas por desmontar el sistema que impide la construcción ciudadana quedaron en artificios verbales. El daño a la educación es cuantioso, pues el pacto político se pagó con creces a costa de la reforma del sistema, necesaria, inaplazable.
Fue hasta el miércoles 9 de mayo del 2012, en un programa de televisión, que la señora Vázquez Mota reconoció que fue forzada, como secretaria de Educación, a la alianza con la verdadera jefa: ¿forzada? Mentir cunde: su ambición, y la de sus cómplices, le hicieron aceptar las condiciones indecentes que el presidente marcó. ¿Había algo en juego? Nada más la educación. ¿Y hoy, cuando lo denuncia? La elección. Por tardía e interesada, la queja es claro reconocimiento de complicidad. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Nadie en el debate expuso la mascarada. Todavía es peligroso enemistarse con la señora que atora el talento del magisterio y amasa una fortuna más oscura que sus cálculos. ¿Sólo es posible denunciar el amasiato cuando ya estorba? Un político ruin dice no serlo; los demás callaron.
En las elecciones del 2006, para conservar su registro, el Panal puso de moda la frase: “Uno de tres”. Que un voto, de los tres posibles (Presidencia, Senado y diputados o asambleístas) fuera para ellos. Convirtamos, sugiero, en parte de nuestra participación política una propuesta: ni uno de tres al Panal. Nada. Que no cuenten con nosotros para seguir medrando y mintiendo. Hay quienes dudan por quién votar. ¿Podemos acordar por quién de plano no? Ojalá.