LA CASA OPINA 1
Elementos policíacos siguen cometiendo excesos detrás de la impunidad que les brinda un uniforme y una pistola. Así como hay buenos policías que se comprometen con su labor y velan por la seguridad de la población, existen muchos más que rayan en la prepotencia para divertirse a costa de la gente. Cobardemente, se escudan detrás de una patrulla, de un uniforme o de una pistola y actúan en grupo, en agravio de quienes les pagan: los ciudadanos. Esta vez, quien perdió el piso fue un agente de la Policía Federal que escandalizaba ebrio y con su arma de cargo, junto con tres de sus compañeros, afuera de un bar ubicado en Tijuana. El sujeto chocó el automóvil del cliente del negocio y no conforme con ello entabló una discusión verbal con él. Acertadamente, los empleados del centro nocturno dieron aviso a las autoridades y sometieron al oficial junto con los otros efectivos que trataban de ayudarlo. Desafortunadamente, los sujetos fueron liberados, porque, como era de esperarse, el agraviado no se atrevió a presentar la denuncia, seguramente por miedo a represalias. Es una lástima que reacciones tan reprobables alimenten el temor de la ciudadanía hacia quienes se supone son los elementos del orden, porque temen que le hagan daño abusando de su poder. No es la primera vez que agentes policíacos usan las patrullas, que son vehículos de gobierno, para cuestiones particulares y peor aún, para cometer ilícitos como escandalizar en la vía pública, manejar ebrios o amedrentar automovilistas.
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