El combate a las drogas reclama estrategias globales que vayan mucho más allá del intercambio de inteligencia e información (que podría ser infinitamente más eficiente que en la actualidad). Desde hace años se está trabajando en el diseño de vacunas contra diferentes drogas, algunas ya en etapa experimental, que con mayor financiamiento e interés de los gobiernos podrían tener resultados importantísimos. Ya desde hace años, el fallecido José Luís Santiago Vasconcelos, había propuesto establecer una suerte de cerco, en el Atlántico y en el Caribe, sobre las costas de Colombia, que dificultara el tránsito de la cocaína (ahora habría que buscar impedir el cada día más creciente tráfico de sustancias para drogas sintéticas que llegan de Asia, sobre todo ha México). Estados Unidos tiene tres pendientes claves en todo esto: primero, por supuesto el consumo y las redes locales, que son combatidas con excesiva indulgencia en ese país; segundo, el tráfico de armas que alimenta a los cárteles, sobre todo en México, sin que el gobierno estadounidense haga absolutamente nada para frenarlo: es un dato incontrastable que la violencia ha ido de la mano con la legalización, en el 2004, de la venta libre de armas de asalto en los Estados Unidos y el congreso de ese país se ha negado una y otra vez a revisar esa irracional legislación (irracional pero un negocio extraordinario para el lobby de ventas de armas nucleado en torno a la Asociación Nacional del Rifle). Tercero, el lavado de dinero que también nutre a los cárteles que invierten en el sistema financiero estadounidense el 90 por ciento de sus ganancias, sin que tampoco pase nada.
Pero hay un punto en el que Obama tiene toda la razón: en el de creación de fuerzas policiales y de procuración de justicia eficientes. La tiene por muchas razones pero sobre todo por una que no termina de contemplarse: cuando se habla de combate a las drogas y de grandes cárteles y de estrategias globales, se está hablando de un fenómeno. Cuando se analiza la violencia y la inseguridad, como la que vivimos en México o Centroamérica, se está hablando de otro, íntimamente relacionado con el primero pero diferente.
Los grandes cárteles quieren colocar sus grandes cargamentos de drogas en el mercado, sobre todo en Estados Unidos y funcionan como empresas globales, pero es verdad que hoy no son tan poderosos como antaño por los golpes que han recibido sobre todo en México y Colombia. Lo que hicieron esos cárteles, sobre todo en nuestro país y en Centroamérica, es transformar ese conflicto global en una multitud de infiernos locales: distribuyeron armas y drogas para el consumo interno y los pandilleros que antes asaltaban con un revólver o una navaja ahora secuestran, extorsionan, roban con armas de asalto y pelean en las calles con el ejército o las fuerzas de seguridad. Esas pandillas y grupos de jóvenes delincuentes, que son miles, no buscan (ni tienen posibilidades) de colocar la droga del otro lado de la frontera: pelean por una esquina, por una colonia, por una escuela. Cobran derecho de piso o secuestran todo tipo de personas y se identifican con uno u otro de los grandes cárteles y se matan entre ellos, pero en muchos casos ni siquiera tienen una relación orgánica con las verdaderas empresas criminales.
Y de la misma forma que la lucha contra los grandes cárteles requiere de una estrategia global que ataque un comercio globalizado, esa lucha por la seguridad y el control territorial es eminentemente local, depende de las autoridades locales, de su capacidad y voluntad de afrontar se desafío, de contar, como dijo Obama con policías y sistemas de justicia eficientes (y con programas sociales específicos, que van más allá de la estrategia de seguridad). Son dos vías, dos combates, dos batallas, dos estrategias distintas y diferentes, que deberían tener respuestas específicas a cada una de ellas y que todavía, incluso en Cumbres como la de Cartagena, se siguen contemplando como una y la misma. Y por eso no encuentran, no encontramos, una salida.