Se publicó en: Edición impresa
Confundidos
El sistema político más exitoso en los últimos dos siglos es la democracia representativa. Lo es porque permite que el grupo más importante, la “clase media”, transforme su voluntad en decisiones colectivas. En otras sociedades, en donde este grupo no ha existido, o no ha sido importante, el sistema adecuado ha sido otro. La democracia representativa es un sistema político que permite concentrar las preferencias de millones de personas en un grupo manejable de representantes. Para que este sistema funcione se requieren reglas acerca de su elección, sus atribuciones y límites, pero también de mecanismos que faciliten el flujo de información y deliberación.
Este sistema depende precisamente de la representación, que permite construir espacios de negociación, imposibles entre millones de personas. Es decir, que los representantes no deben ser expertos en los temas sobre los que legislan o deciden, sino capaces de entablar negociaciones que permitan que esas leyes o decisiones puedan contar con el máximo apoyo posible.
En tiempos recientes se ha hecho popular la idea de que este sistema se puede perfeccionar a través de medidas de democracia directa. Es un error. Estos mecanismos minan la base de la democracia representativa, puesto que los representantes pierden toda su utilidad. De hecho, lo que estos mecanismos logran es anular el cuerpo representativo para abrir una comunicación directa entre el líder y el pueblo. Más claro, los mecanismos de democracia directa son, en realidad, la institucionalización del populismo político.
Es por eso que las democracias representativas que tienen estos mecanismos los limitan mucho: son para decisiones muy locales o muy importantes. Para decidir si se instala un basurero o para refrendar una nueva Constitución, pero no para la inmensa mayoría de las decisiones que están entre estos dos extremos. De otra forma, los representantes serían innecesarios y el poder se concentraría, acabando con la democracia.
Es por eso que la idea de hacer referendos, plebiscitos o consultas populares debe limitarse. Aunque no lo parezca a primera vista, estos mecanismos acaban siendo antidemocráticos. Sin embargo, la popularidad de estas ideas hace difícil oponerse a ellas, porque es políticamente incorrecto. Y así, gracias a la corrección política, las democracias acaban en manos de los demagogos y los populistas, que no tardan mucho en mostrar su verdadero rostro: el autoritarismo.
Lo vuelvo a decir: así se hundió Europa Central entre las dos guerras, y así se construyó el régimen de la Revolución. No repitamos los errores.
www.macario.com.mx