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Edición lunes, 16 de junio de 2008

Dos presidentes en Madrid: 19772008

lunes, 16 de junio de 2008
Se publicó en: Edición impresa
Dos presidentes en Madrid: 19772008

Hace poco más de 30 años, López Portillo realizó una triunfal gira por España. Con la soflama propia del criollo fue repartiendo dones y buen humor. Eran los años del derroche y la dolce vita del priísmo inderrotable. En su discurso ante el Congreso, López Portillo intentó emparejar la transición española que entonces empezaba, con la tímida apertura mexicana que iniciaba con la reforma Reyes Heroles. En su Plan Global de Desarrollo se atrevió a arriesgar que a finales del siglo XX igualaríamos en nivel de renta de los españoles. Treinta y un años después, qué lejos estamos de las viejas aspiraciones. Felipe Calderón consigue el aplauso unánime del arco parlamentario español con un discurso que, entre otras cosas, plantea el dilema pasado/futuro por encima de la díada izquierda/derecha. Las palabras de Calderón en Madrid dejan, sin embargo, un regusto amargo por la inevitable comparación de lo que han sido tres décadas para España y México.

España dejó de ser una atroz dictadura regida por un atávico nacional catolicismo, abandonó un nacionalismo autárquico y ramplón y dejó en la cuneta un profundo complejo de inferioridad respecto a sus vecinos europeos. Hoy España es un país plenamente integrado a la Unión Europea, un país que confía en sí mismo, que igual destaca en los deportes que en la tecnología aeronáutica. Pero su mayor logro es haber conseguido reducir las brechas sociales internas y aquellas que lo separaban de sus vecinos. Hoy aquella frase de que “África comienza en los Pirineos, es un vetusto lugar común. Para México estos 30 años han sido una etapa de claroscuros, pero absolutamente miserable si la comparamos con España. Hemos visto, en este tiempo, hundirse en tres ocasiones nuestra economía con marchas fúnebres del viejo estatismo y del capitalismo de compadres. Hemos tenido un sinfín de reformas sin superar del todo las inveteradas trampas y desconfianzas. Somos un país que tiene muchas razones para sentir indignación por lo que es y frustración por lo que puede ser y no es. Seguimos atrapados en viejas disputas, orquestadas en gran medida por los mismos taimados que gobernaban entonces y ahora rugen como leones de oposición.

No en todas las épocas históricas, ni en todos los países se dan generaciones de reformadores, pero es poco frecuente que los niveles de mediocridad se repartan tan universalmente como en México. El PRI que hundió la economía del país y que frustró los anhelos de libertad con represión y fraudes electorales, sigue siendo un dique para la modernización con sus obtusos gobernadores que reproducen las peores prácticas. Su único consuelo es que las oposiciones no son mucho mejores. La izquierda perredista se ha labrado (según la última encuesta de Liébano Sáenz) un desprestigio mayor que el PRI. Tiene mérito el sol azteca, porque superar al PRI en desprestigio no era cosa simple pero lo van ganado a pulso por sus mentiras y su arrogancia savonaroliana.

El PAN, que ha gobernado ocho años, sigue incubando un miedo animal y paralizante a golpear las estructuras que reproducen los poderes fácticos que le impiden dar el salto a este país porque les temen o se han mestizado con ellas.

De todas las historias de la historia, la más triste de todas ya no es la de España, sino la de México porque después de 30 años de discursos transformadores, nos damos cuenta de que no hemos perdido una década, como dice un cínico, sino tres y tal vez, como dice Schettino, bastante más.

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