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Edición lunes, 14 de abril de 2008

Los sentimentales

lunes, 14 de abril de 2008
Se publicó en: Edición impresa
Las herencias del régimen de la Revolución son difíciles de borrar. Los privilegios que otorgó a empresarios, sindicatos, centrales campesinas y universidades nos siguen ahorcando: no recaudamos, no hay competencia en los mercados, no hay cómo pagar las prebendas sindicales, y lo poco que se puede juntar acaba en manos de campesinos improductivos, profesores incapaces, y jubilados de cincuenta años de edad. México no puede avanzar económicamente por estos privilegios, que el régimen utilizó para comprar voluntades por décadas.

Pero más grave aún es el otro resabio del viejo régimen, ese discurso mítico, vacío y simplista, sobre el que se construyó un remedo de identidad: el nacionalismo revolucionario. Ese conjunto de mentiras y medias verdades que equiparaba nación con revolución, forzando a cada uno a ser revolucionario para poder ser mexicano. Es ese “pequeño priísta que todos llevamos dentro”, según frase que hace un cuarto de siglo todavía tenía sentido.

Hoy ya no es así porque ya no es el PRI el guardián de la mitología. Ese partido entendió, hace veinte años, que el experimento había fracasado y que era necesario buscar alternativas. Las ha buscado intentando, al mismo tiempo, no perder demasiado poder. Ha sido razonablemente exitoso. A pesar de sus dificultades electorales, la astucia política producto de la experiencia les ha permitido ocupar el espacio que otros han rechazado.

Es precisamente en ese reconocimiento implícito del PRI acerca del fracaso del régimen en donde se encuentra el carácter autodestructivo de la izquierda electoral mexicana. Izquierda que fue marginal hasta que fue invadida por el nacionalismo revolucionario, dando como resultado una propuesta anacrónica por todos lados. Ni la herencia marxista, ni la cardenista, pueden servir como base para la competencia democrática. No hay, en esas dos vertientes, ningún espacio para la democracia liberal, que es la que hoy existe en el mundo. Hay, sin duda, discursos justicieros, prédicas revolucionarias, arengas movilizadoras. Hay, en el fondo, una creencia en la superioridad moral de sus planteamientos, que no pueden ser sujetos, por eso mismo, a ninguna ley ni a ningún ejercicio electoral. Su verdad explica todo y cubre todo, por eso es totalitaria.

Vemos hoy una expresión más de ese pensamiento absoluto, incapaz de utilizar argumentos. Porque sólo un ingenuo puede creer que es debate lo que quieren. Quieren tiempo, quieren espacio, quieren provocar, a la espera de que los demás caigan en el garlito. Quieren un enfrentamiento, tal vez incluso unos pocos mártires, que den paso a la violencia, el único lenguaje compatible con la revolución. Ganar a golpes lo que los votos les han negado.

Como en otras ocasiones, sus desplantes vienen acompañados de abajofirmantes. Erróneamente llamados intelectuales, puesto que no es el intelecto el que les dicta, este grupo de “sentimentales” está defendiendo creencias. Aún antes de que hubiera algo que discutir, ya rechazaban cualquier propuesta. Porque cualquier cosa que se proponga en el siglo XXI irá en contra del discurso mitológico que ellos defienden. Es el inmenso lastre mental del nacionalismo revolucionario, vacío y simplista, que fue la religión nacional y sigue siendo la de muchas personas. Incluso la de estos sentimentales, que no pueden aceptar que el régimen que ayudaron a construir, que han defendido siempre, fue un experimento fallido. México fue un fracaso en el siglo XX gracias a ese régimen, gracias a ese mítico conjunto de creencias seudonacionalistas, pero también seudosocialistas.

Si usted cree que López Obrador, o los miembros del FAP, tienen algún interés en defender al país, lo lamento mucho. Si usted cree, todavía, que México tuvo algún éxito durante el siglo XX, lo siento. Si usted, como los sentimentales abajofirmantes, no ha podido liberarse de ese inmenso lastre mental, en verdad es una lástima.

México fue un gran fracaso durante el siglo XX, porque el régimen de la Revolución fue un mal experimento. Pero eso es pasado. Querer mantenerlo hoy ya no es un simple error, es estulticia pura.

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Etiquetas: sentimentales ,
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