La mujer como eje no es una expresión vanidosa de dominio femenino o feminista, al contrario, es indagar en su responsabilidad como un ser con la oportunidad de ejercer tan importante valor en la sociedad, pero asumiendo su responsabilidad como la dadora natural de vida, quien elige un hombre a quien darle el privilegio de ser padre y en quien recae la mayor influencia amorosa y de autoestima para los hijos. Sin duda una enorme consigna que puede dar un giro a la alegría de ser de quien esta a su cargo y de ella misma.
Esta es una gran oportunidad para exponer un punto de vista sobre diversos temas que a diario nos ocupan, que son la vida misma, será el comentario de alguien con la particularidad de tener el enorme privilegio de laborar en el área infantil, con gran gusto de realizar el Suplemento para Niños El Mexicanito de esta Casa Editorial.
Procuraré tratar el tema de la mujer como eje del hogar en la mayoría de los casos, de la familia como núcleo sustentador de la salud mental y por supuesto de la influencia de ella en los niños, será el objetivo de este espacio.
Tengo la certeza de que es mucho lo que podemos hacer por formar niños que crezcan a plenitud, que el camino a su desarrollo sea sano, productivo, emprendedor, pero eso debe de partir de educarlos en la premisa de “La alegría de vivir”.
Sí, sin entrar al ámbito de la Psicología profesional, en tantos años de tratar con niños sé a bien que es con alegría de vivir, que se aprende desde la edad temprana, cómo la existencia se vive con optimismo y fortaleza ante cualquier adversidad que la misma nos depare, de cualquier manera, la vida tendrá sorpresas buenas y malas, pero es la actitud, la que enseña al niño, a la persona, a superarlas y saber que es parte del misterio de la misma, pero que vale la pena seguir adelante y descubrir que más hay, aprender de las experiencias agradables y desagradables, esto es, la alegría de vivir como estructura mental.
No necesitamos ser expertos para entender un razonamiento tan simple como saber que las continuas críticas, los golpes, el maltrato, la omisión de cuidados pueden perjudicar no sólo la integridad física de un niño, sino, también y para siempre, su autoestima, su capacidad de ser feliz, de tener paz interior, de gozar la vida, su vida. Misma que lo acompañará por siempre, a la que dará sentido, según los aprendido o después un largo proceso de esfuerzo mental para cambiar lo que lo ha condicionado y que no lleva a la felicidad.
Una vez un amigo que era muy introvertido, aislado, el cual casi nunca sonreía, me contó su infancia, me dio el privilegio de conocer su historia que fue triste, a grandes rasgos sufría el maltrato físico y verbal de su padre, quien brindó toda la autoridad a su madrastra para que lo reprimiera de su mal comportamiento como dispusiera, para estas personas hablar hasta una palabra a la hora de comer, era un cruel regaño y dejarlo sin alimento, tenía que permanecer inmóvil por largos periodos de tiempo para no molestar, esa era la indicación, escuchó más adjetivos despectivos que su propio nombre, el juego era castigado porque sus tutores lo consideraban pérdida de tiempo, al alcanzar la adolescencia no tuvo que huir de ahí, ellos mismos lo corrieron, dejándolo a merced de todos los peligros que el desamparo conlleva. La historia sigue pero hoy nos ocupa esta primera parte, su infancia.
La razón principal de comentar este episodio es que él decía que se sentía muy bien de que superó todo aquello y que fue a visitarlos (siempre esa imperiosa necesidad de volver al origen, a la mamá por más dura y lejana que haya sido…) ya como un adulto joven y les dijo: “miren, estoy bien, todo lo que me hicieron no terminó conmigo” , agregó que ahora económicamente está en mejores condiciones que ellos, que viven en el mismo lugar y están viejos y cansados, inclusive trataron de ser atentos con su visita como si hubieran perdido la memoria.
Esa es parte de su historia, mi amigo casi no sonríe, vive para trabajar, suele hacer doble turno, no celebra su cumpleaños, ni la navidad, no por cuestiones religiosas, dice él que no le llama la atención, no hubo quien le hiciera saber que el día que nació fue un día de fiesta porque él vino a este mundo como una gran esperanza, no piensa casarse ni tener hijos, no cree en la familia, no posee referencia sana de la misma. ¿Qué te hace feliz?, le pregunto, y con una mueca de apatía dice: Trabajar. Si eso es verdad, expresivo no es…
No creo que eso sea tener viva la alegría de vivir, no creo que esa sea una existencia tan plena, como sí tengo la certeza él podría tener. Además, si es padre, ¿qué clases de actitud tendrá?, Pues en muchos, muchos casos se llega a la paternidad por consecuencia y no por deseo responsable. No creo en ese mito bonito, pero sin sustento, de que uno cambia ante el milagro de los hijos, ojala así fuera, su propio padre hubiera sido diferente.
No es que celebrar sea ser feliz, pero tener ilusiones, creencias, gustos, los rituales de afecto, la comunicación, hacen que el día a día sea esperanzador.
No dudo que mi amigo un día busque ejercitar más ese músculo mental de la alegría, de la esperanza, de la ilusión; ojala así sea, pero sin duda será un proceso largo que pudo haber vivido en otras condiciones de manera natural. Ahora si lo decide, será estupendo, aunque habrá de invertir energía, tiempo y esfuerzo en descubrirlo, seguro eso es también una manifestación de alegría de vivir, querer cambiar…